Crónicas del archivo · C9 

«El día que Compostela casi se queda sin tumba»

1589, Drake y la ocultación de las reliquias.

1. Una mañana en la Catedral… con noticia mala desde el mar

Imagina el escenario.

Santiago de Compostela, año 1589.
En la Catedral, la vida sigue su ritmo de rezos, misas y peregrinos más bien escasos (no son tiempos dorados, precisamente). De pronto empiezan a llegar noticias desde la costa: una armada inglesa, con Francis Drake al frente, ha atacado A Coruña, ha saqueado parte de la ciudad y anda merodeando por las rías gallegas.

En el cabildo compostelano alguien hace la suma muy rápido:

  • En la ciudad hay tesoros de culto (orfebrería, plata, relicarios…).
  • Y, sobre todo, se custodia la tumba del Apóstol, corazón político y espiritual de todo aquello.
  • Los ingleses no son precisamente devotos de Roma.

Conclusión:
si Drake decide subir tierra adentro y llega hasta Compostela, el golpe simbólico y material puede ser devastador.

Ahí arranca uno de los giros menos conocidos —y más delicados— de la historia jacobea:
la decisión de ocultar las reliquias de Santiago y de sus compañeros, para que nadie pueda profanarlas, robarlas… o usarlas como trofeo de guerra.

 

2. 1589: Drake no entra en Compostela… pero deja un miedo muy real

Históricamente, las tropas de Drake golpean fuerte en A Coruña, fracasan en su objetivo de tomar la plaza del todo y siguen hacia el sur en una expedición desastrosa que intenta sin éxito tomar Lisboa. No llegan a Compostela; pero en 1589, cuando las decisiones se están tomando, en el cabildo nadie tiene una bola de cristal.

Lo que sí tienen es:

  • La derrota reciente de la Armada española (1588) muy presente.
  • Miedo fundado a que el enemigo busque un golpe simbólico contra la Iglesia y la monarquía hispánica.
  • Un sepulcro apostólico que, si cae en manos equivocadas, sería un drama espiritual… y un escándalo político de primera.

Al frente de la diócesis está el arzobispo Juan de Sanclemente y Toubes. Y la solución que se adopta es tan sencilla como radical:

Esconder las reliquias en un lugar secreto dentro del propio templo.

No se trata de sacarlas de la ciudad ni de mandarlas a otro monasterio:
la lógica es “mejor ocultas en casa que vulnerables en el camino”.

 

3. Cómo se oculta un Apóstol (y dos amigos) dentro de su propia catedral

La tradición y los estudios modernos coinciden en lo esencial:

  • En 1589, ante el temor real a un ataque, se decide retirar el arca con los restos atribuidos al Apóstol Santiago y a sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro, de su emplazamiento visible.
  • Se acondiciona una cámara oculta en el entorno del ábside y el trasaltar, bajo el nivel de culto, y allí se depositan cuidadosamente los restos.
  • El acceso se sella de forma que solo un círculísimo de personas conozca la ubicación exacta.

Desde fuera, la Catedral sigue funcionando.

  • Los peregrinos veneran el sepulcro “oficial” que se muestra sobre el altar mayor.
  • Pero, bajo sus pies, las reliquias están en otro punto, ocultas por seguridad.

Aquí la retranca histórica se dispara sola:

  • Para proteger las reliquias de un saqueo puntual, se toma una decisión que provocará casi tres siglos de confusión sobre dónde está exactamente el cuerpo venerado.
  • Lo que hoy llamaríamos “protocolo de seguridad” acaba generando un problema teológico y pastoral:
    ¿dónde están realmente los restos del Apóstol?

 

4. Silencio largo: siglos XVII–XVIII, una tumba “borrosa”

Después de 1589, la historia entra en una especie de neblina documental:

  • Hay referencias a la ocultación.
  • Se sabe que se hizo algo para proteger las reliquias.
  • Pero no hay un “manual de instrucciones” claro de cómo deshacer el escondite.

Mientras tanto:

  • La catedral se transforma: obras, reformas barrocas, nuevos retablos, cambios en el altar mayor.
  • La devoción al Apóstol sigue viva, pero el lugar preciso del depósito original va difuminándose.
  • Ya en el siglo XVII algunas voces reconocen que no se sabe con precisión el punto exacto donde reposan los restos.

En términos actuales:
la “base de datos” de la memoria institucional tiene lagunas serias.

Cuando llegamos al siglo XIX, en un contexto de crítica histórica y ciencia positivista, algunos eruditos y clérigos empiezan a admitir en voz alta que no está tan claro que sepamos dónde están exactamente las reliquias.
Y eso, para un santuario apostólico, es dinamita.

 

5. 1879: pico, pala… y tres sarcófagos

A finales del siglo XIX, en pleno ambiente de restauraciones y “arqueología piadosa”, el arzobispo Miguel Payá y Rico impulsa una serie de obras y reconocimientos en la zona del altar mayor y el tras-sagrario de la Catedral de Santiago.

Entre 1878 y 1879, durante esos trabajos, se localiza:

  • Una cámara de piedra oculta, bajo el nivel de la cripta y cercana al altar.
  • En su interior, tres sarcófagos con restos humanos, que el cabildo identifica de inmediato con la tradición del Apóstol y sus dos discípulos.

A partir de aquí se abre un proceso muy serio para la época:

  • Se constituye una comisión de expertos (eclesiásticos y laicos) que estudian los restos y el contexto.
  • Médicos y anatomistas informan sobre sexo y edad aproximada de los individuos.
  • Se analiza la antigüedad del nicho y su relación con las primeras fases del santuario.
  • Los eruditos cruzan esos datos con crónicas, noticias sobre la ocultación de 1589 y la continuidad del culto.

En lenguaje de blog:
la Iglesia compostelana se ve obligada a hacer una auditoría interna a fondo sobre la autenticidad del sepulcro.

 

6. 1884: León XIII firma Deus Omnipotens

El final de este proceso llega con la bula Deus Omnipotens de León XIII, promulgada en 1884.

En ella, el Papa:

  • Resume la tradición del culto a Santiago desde Teodomiro.
  • Presenta los datos de las excavaciones y los informes de la comisión.
  • Y concluye que los restos hallados pueden ser tenidos, con fundamento razonable, por auténticos restos del Apóstol Santiago y de sus compañeros.

¿Qué hace exactamente la bula?

  • No “crea” la tradición, sino que acepta oficialmente la continuidad entre el culto medieval y las reliquias reencontradas.
  • Confirma la validez devocional del sepulcro compostelano.
  • Y anima a los fieles a mantener la peregrinación y las indulgencias vinculadas.

No es un informe de laboratorio con ADN —para eso faltaban unas cuantas décadas—, pero en el contexto del siglo XIX es la máxima validación institucional posible.

Desde entonces, la Iglesia sostiene que:

Las reliquias del Apóstol Santiago, ocultadas por seguridad en 1589,
han sido reconocidas, reubicadas y honradas de nuevo en un lugar estable dentro de la Catedral.

Y así se cierra, oficialmente, el bucle que Drake abrió sin saberlo.

 

7. ¿Por qué importa esto hoy a un peregrino (o a un lector inquieto)?

Podrías pensar:
“Vale, mucha piedra movida y mucho papel sellado, ¿pero qué cambia para mí hoy?”.

Unas cuantas cosas:

  1. Entiendes que la tumba de Santiago no ha sido una foto fija.
    Ha vivido guerras, miedos, decisiones discutibles, olvidos y redescubrimientos. Eso hace que el lugar sea menos “postal” y más historia viva.
  2. Ves cómo se cruzan fe, política y seguridad.
    En 1589 no se ocultaron las reliquias por capricho, sino por miedo a un ataque real. La decisión fue comprensible… pero sus consecuencias duraron siglos.
  3. Compruebas que la Iglesia, al menos en este caso, se tomó en serio el problema.
    En el XIX no se limitaron a decir “pues será lo de siempre”.
    Abren la piedra, investigan, documentan, piden confirmación a Roma.
  4. Para la ficción (como la trilogía de Los Arcanos del Camino), es un filón.
    Tienes:
    • Un escondite real motivado por un enemigo concreto (Drake).
    • Un vacío de memoria de casi 300 años.
    • Un hallazgo arqueológico en 1879.
    • Una bula papal que intenta cerrar el tema… sin poder responder a todas las preguntas modernas.

 

8. Lo que se ve (y lo que no) cuando entras hoy en la Catedral

Cuando un peregrino entra hoy en la Catedral de Santiago:

  • Puede pasar ante el sepulcro bajo el altar mayor.
  • Puede abrazar la imagen del Apóstol, subir, bajar, rezar, hacer cola…
  • Pero rara vez se le cuenta con calma que, entre Drake, 1589, 1879 y 1884, la historia de esa tumba ha tenido un par de “mudanzas internas” y una investigación de alto voltaje eclesial.

Saberlo no obliga a nadie a creer más ni menos.
Lo que sí hace es afinar la mirada:

  • No estás ante un decorado; estás ante un lugar donde se han tomado decisiones difíciles.
  • No veneras solo un sepulcro; estás delante de un símbolo que casi se pierde… por querer protegerlo.

Y quizá por eso, cuando mires la losa o la cripta, tenga sentido susurrar:

“Que no se nos olvide por qué hemos tenido que esconderte y encontrarte tantas veces”.

Porque, como muchas cosas en el Camino, esta tumba ha sobrevivido gracias a una mezcla rara de miedo, cuidado, torpeza y fe.
Y todo empezó, en buena parte, por un nombre que suena a mar y a pólvora:

Francis Drake.

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