Crónicas del archivo · C19
Aymeric Picaud
El hombre al que convertimos en autor de la primera guía del Camino
Hay autores que firman sus libros.
Otros aparecen en documentos, contratos, cartas, prólogos o testimonios de quienes los conocieron.
Y luego está Aymeric Picaud.
Un hombre del siglo XII del que sabemos poquísimo y al que, sin embargo, hemos colocado uno de los títulos más potentes de toda la historia jacobea:
autor de la primera guía del Camino de Santiago.
Su nombre aparece hoy en libros, artículos, exposiciones, webs y conversaciones sobre el Códice Calixtino con una tranquilidad admirable.
“Aymeric Picaud escribió la Guía del peregrino.”
Punto.

El problema es que el Libro V no dice eso.
No lleva su firma.
No incluye una frase del tipo:
“Yo, Aymeric Picaud, natural del Poitou, he escrito estas páginas después de caminar hasta Santiago y tener unas cuantas opiniones sobre los pueblos que encontré por el camino.”
Nada.
Y, sin embargo, la atribución no nació de la nada.
Hay pistas.
Bastantes.
Algunas muy buenas.
La cuestión interesante no es desmontar a Picaud.
Es entender cómo la historia consiguió poner nombre y apellido a una de las voces más famosas del Camino medieval.
Y cuánto de certeza hay realmente detrás de ese nombre.
Respuesta rápida
Aymeric Picaud fue un clérigo francés del siglo XII, relacionado con el entorno del Códice Calixtino y considerado por una amplia mayoría de especialistas como probable autor del Libro V, la conocida Guía del peregrino.
El problema es que el texto no está firmado por él.
Su vinculación se construye a partir de varios indicios: aparece citado en el propio Códice, era originario del ámbito francés y poitevino que el Libro V conoce especialmente bien, existen semejanzas con otros textos asociados a su figura y una tradición historiográfica muy sólida terminó atribuyéndole la obra.
Dicho en limpio:
es muy razonable pensar que Aymeric Picaud estuvo detrás de la Guía.
Pero razonable no significa que tengamos una firma al pie de la última página.
Lo esencial en 60 segundos
• Aymeric Picaud fue un clérigo francés del siglo XII, relacionado con el Poitou.
• Su nombre aparece en el Códice Calixtino vinculado a unos versos incorporados a la compilación.
• También aparece relacionado con la supuesta entrega del Códice a Santiago junto a Gerberga de Flandes, aunque ese testimonio procede de una carta cuya autenticidad no se acepta.
• El Libro V del Códice, conocido como Guía del peregrino o Liber peregrinationis, no aparece firmado por Picaud.
• La obra describe rutas, etapas, ríos, pueblos, hospitales, reliquias, santuarios, gentes y la propia ciudad de Santiago.
• Su autor escribe desde una perspectiva claramente francesa y muestra especial familiaridad con el Poitou.
• Esas pistas, junto con semejanzas con otros textos, llevaron a numerosos investigadores a atribuir la Guía a Picaud.
• Algunos llegaron incluso a proponerlo como compilador de una parte mucho mayor del Códice.
• La autoría global del Códice Calixtino sigue siendo mucho más compleja y probablemente responde a distintos textos, épocas y manos.
• Por eso conviene decirlo bien: Picaud es el autor más probable del Libro V, no un autor cuya firma tengamos delante.
Preguntas rápidas
¿Quién fue Aymeric Picaud?
Un clérigo francés del siglo XII, probablemente originario del entorno de Parthenay y del Poitou, relacionado con la peregrinación a Santiago y con determinados textos del Códice Calixtino.
¿Escribió el Libro V?
Es la atribución más aceptada, pero el Libro V no lleva su firma. La autoría se deduce mediante indicios textuales, geográficos e historiográficos.
¿Qué es exactamente el Libro V?
La parte del Códice Calixtino que describe el itinerario hacia Santiago y ofrece información sobre etapas, pueblos, caminos, ríos, lugares de culto, reliquias, costumbres y hospitalidad.
¿Es realmente una guía de peregrinos?
Sí, aunque no debemos imaginarla como una Lonely Planet medieval. Tiene información práctica, pero también intención religiosa, moral, cultural y propagandística.
¿Picaud escribió todo el Códice Calixtino?
No podemos afirmarlo. Algunos investigadores le atribuyeron un papel importante en su compilación e incluso otros textos, pero el Códice es una obra compleja formada por materiales diversos.
Entonces, ¿por qué seguimos llamándolo autor de la Guía?
Porque la hipótesis tiene argumentos importantes y ha sido aceptada ampliamente durante décadas. El error no está en asociar a Picaud con el Libro V, sino en convertir una atribución muy probable en una certeza documental absoluta.
CRÓNICA COMPLETA
- EL AUTOR QUE LLEGÓ DESPUÉS DEL LIBRO
Imagina que dentro de novecientos años alguien encuentra un archivo con cientos de textos de internet.
No hay perfiles.
No hay correos.
No hay historial de versiones.
Solo quedan los textos.
Uno está firmado.
Otro contiene una pista sobre quién pudo escribirlo.
Un tercero parece redactado por alguien del mismo lugar.
Un cuarto utiliza expresiones muy parecidas.
Y entonces un investigador dice:
“Creo que estos textos son del mismo autor.”
Otro estudia el asunto y responde:
“Probablemente.”
Un tercero encuentra nuevas coincidencias.
Pasadas unas décadas, los libros empiezan a escribir:
“Autor: Fulano.”
Y un siglo después ya nadie recuerda demasiado bien dónde terminó la hipótesis y empezó la etiqueta.
Algo parecido —simplificando bastante— ocurrió con Aymeric Picaud.
Su nombre terminó pegado al Libro V del Códice Calixtino hasta resultar difícil separar una cosa de la otra.
Hoy decimos:
la Guía de Aymeric Picaud.
Y nos entendemos perfectamente.
Pero el manuscrito no nos lo entrega tan sencillo.
Porque el hombre aparece.
La guía aparece.
Lo que falta es una frase inequívoca que una ambas cosas.
Y ahí comienza el trabajo del archivo.
PRIMERO, EL LIBRO
Antes de buscar al autor conviene mirar qué pretendemos que escribiera.
El Códice Calixtino conservado en la Catedral de Santiago es uno de los grandes documentos de la cultura jacobea medieval.
Pero llamarlo “un libro” puede llevar a engaño.
Es una compilación.
Una enorme construcción textual formada por materiales distintos: liturgia, sermones, relatos de milagros, tradición sobre la traslación del Apóstol, materia carolingia, música y, finalmente, una descripción extraordinaria del Camino.
Ese último bloque es el Libro V.
La famosa Guía del peregrino.
Tiene once capítulos.
Y ahí ocurre algo fascinante.
De repente, después de páginas de liturgia, milagros y materia religiosa, alguien empieza a hablar como una persona que conoce carreteras.
O lo más parecido a carreteras que podía encontrarse un peregrino del siglo XII.
Explica que existen cuatro grandes itinerarios en Francia.
Describe cómo confluyen.
Divide el recorrido en jornadas.
Enumera pueblos.
Habla de hospitales.
Advierte de determinados ríos.
Valora aguas.
Describe territorios.
Habla de las poblaciones que encuentra.
Indica qué cuerpos santos debe visitar el peregrino.
Y finalmente entra en Santiago.
Describe la ciudad.
La Catedral.
Sus puertas.
Sus altares.
La organización del templo.
La acogida al peregrino.
Aquello no es únicamente teología.
Hay barro.
Hay comida.
Hay agua.
Hay caminos.
Hay gente.
Y, sobre todo, hay opinión.
EL AUTOR TENÍA CARÁCTER
Esta es una de las razones por las que resulta tan tentador buscar una persona concreta detrás de la Guía.
Su autor no escribe como una cámara.
Escribe como alguien que ha decidido lo que le gusta y lo que no.
Y no parece tener demasiados problemas en comunicarlo.
Algunos pueblos salen bastante bien parados.
Otros, menos.
Mucho menos.
Hay elogios.
Desconfianzas.
Advertencias.
Juicios morales.
Comentarios sobre alimentos.
Sobre costumbres.
Sobre hospitalidad.
Sobre agua.
Sobre comportamiento.
A ratos parece un peregrino experimentado.
En otros momentos, un sacerdote.
En otros, un viajero francés convencido de que determinadas gentes podían mejorar bastante sus modales.
Y aquí aparece una pista importante.
La mirada es francesa.
Muy francesa.
Y dentro de esa mirada hay un territorio que recibe un tratamiento especialmente favorable:
el Poitou.
Casualmente, el lugar al que se relaciona Aymeric Picaud.
El investigador empieza a levantar la ceja.
ENTRA AYMERIC
¿Qué sabemos realmente del hombre?
Muchísimo menos de lo que uno esperaría viendo la fama actual de su nombre.
Aymeric Picaud fue un clérigo francés del siglo XII.
Su origen se vincula al Poitou y, más concretamente, a Parthenay-le-Vieux.
Y poco más podemos decir de su biografía sin empezar a caminar sobre terreno menos firme.
No tenemos una vida de Aymeric.
No conocemos con seguridad cuándo nació.
No sabemos dónde estudió.
No tenemos una sucesión de cargos perfectamente documentada.
No conocemos su tumba.
Ni siquiera podemos reconstruir con seguridad todas las etapas de su vida religiosa.
Es casi un fantasma documental.
Pero aparece.
Y eso, tratándose del siglo XII, ya es algo.
UNA FIRMA, PERO NO EN LA GUÍA
El nombre de Aymeric está relacionado en el Códice con unos versos incorporados al conjunto.
Ahí sí tenemos una vinculación explícita.
Un texto poético asociado a su nombre.
Y este detalle es importante.
Porque demuestra que Aymeric Picaud no es un personaje inventado siglos después únicamente para resolver el problema de la autoría de la Guía.
Está dentro del universo textual del Códice.
Pero no firma el Libro V.
Ese pequeño matiz cambia bastante las cosas.
Sabemos que Aymeric está cerca del manuscrito.
Sabemos que escribe.
Sabemos que pertenece al mundo francés.
Sabemos que está relacionado con la peregrinación compostelana.
Pero todavía no hemos demostrado que sea la persona que escribió las once secciones de la Guía.
Tenemos sospechoso.
Nos falta confesión.
LA CARTA QUE PARECÍA RESOLVERLO TODO… Y NO
Y entonces aparece uno de esos documentos que hacen especialmente entretenida la historia medieval.
Una supuesta carta del papa Inocencio II.
En ella se presenta a Aymeric Picaud —también relacionado con el nombre de Olivier de Iscán— como responsable de llevar y entregar el Códice a la Catedral de Santiago.
Y no llega solo.
Aparece acompañado por Gerberga de Flandes.
Magnífico.
Ya tenemos al clérigo.
Tenemos a la acompañante.
Tenemos el viaje.
Tenemos el manuscrito.
Tenemos Santiago.
Caso cerrado.
Salvo por un pequeño inconveniente.
La carta no se considera auténtica.
Y ahí vuelve a levantarse la ceja.
El documento puede conservar información o tradiciones interesantes.
Pero no podemos utilizarlo como si fuese una certificación notarial enviada directamente desde la mesa del papa.
El propio Códice utiliza varias atribuciones de autoridad que hoy sabemos problemáticas.
No olvidemos que durante siglos se vinculó la obra al propio Calixto II.
De ahí “Calixtino”.
La Edad Media también entendía perfectamente una cosa que seguimos practicando:
un nombre importante ayuda mucho a que un texto viaje.
EL POITOU DEJA HUELLAS
Si no tenemos firma, ¿por qué tantos especialistas terminaron señalando a Aymeric?
Porque las coincidencias empiezan a acumularse.
Una de las más evidentes es geográfica.
El autor de la Guía conoce especialmente bien el mundo francés.
Y muestra una sensibilidad muy favorable hacia el Poitou y sus habitantes.
Eso no demuestra nada por sí solo.
Un madrileño puede hablar maravillas de Galicia.
Incluso en agosto.
Pero cuando el posible autor procede precisamente del territorio que el texto trata con especial familiaridad, la pista merece atención.
Además, la Guía parece escrita desde la mirada de alguien que ha recorrido, conocido o recopilado con enorme detalle la experiencia del Camino.
No habla únicamente del destino.
Habla del trayecto.
Y eso encaja bastante bien con la imagen que algunos estudiosos han trazado de Picaud:
un clérigo itinerante.
Uno de aquellos religiosos capaces de moverse entre santuarios, caminos, comunidades y territorios distintos.
Un hombre acostumbrado a viajar.
Quizá también a observar.
Y desde luego a opinar.
EL OTRO TEXTO QUE SE PARECE DEMASIADO
Hay otra pista.
El Veneranda dies.
Uno de los grandes sermones incluidos en el Libro I del Códice.
No aparece firmado por Picaud.
Pero distintos investigadores han señalado similitudes con la Guía.
Temas.
Sensibilidad.
Manera de hablar de la peregrinación.
Preocupaciones.
Mirada crítica sobre comportamientos relacionados con el Camino.
Una voz que parece conocer la peregrinación desde dentro y no únicamente desde una mesa de escritura.
¿Demuestra eso que ambos textos pertenecen al mismo hombre?
No.
Pero vuelve a estrechar el círculo.
Y poco a poco Aymeric deja de ser simplemente “un clérigo francés que pasaba por allí”.
Empieza a convertirse en candidato.
LOS INVESTIGADORES LE PUSIERON EL BORDÓN EN LA MANO
Durante el siglo XX la identificación ganó fuerza.
Distintos especialistas estudiaron el texto, compararon manuscritos, analizaron la lengua, la procedencia, las referencias internas y la estructura del Códice.
Y el nombre de Aymeric Picaud empezó a crecer.
Jeanne Vielliard lo situó con fuerza como autor de la Guía.
René Louis avanzó todavía más y lo vinculó a la propia compilación del Liber Sancti Iacobi.
Otros investigadores también consideraron convincente la atribución.
Llegó un momento en que la fórmula dejó de sonar extraña.
Aymeric Picaud, autor del Libro V.
Y de ahí pasó a la divulgación.
A las guías.
A los artículos.
A las exposiciones.
A las webs.
Al relato contemporáneo del Camino.
Es comprensible.
La historia soporta mal los espacios en blanco.
Nos gusta saber quién hizo las cosas.
Maestro Mateo.
Diego Gelmírez.
Alfonso II.
Aymeric Picaud.
Nombre.
Función.
Fecha.
Siguiente vitrina.
Pero a veces el archivo no es tan educado.
¿ESCRIBIÓ ÉL TODO EL CÓDICE?
Aquí conviene pisar el freno.
Una cosa es considerar a Aymeric probable autor del Libro V.
Otra muy distinta convertirlo en autor único del Códice Calixtino.
El manuscrito compostelano es demasiado complejo para resolverlo con un solo nombre escrito en una ficha.
Contiene textos de distinta procedencia.
Materiales que circularon previamente.
Capas.
Adiciones.
Reelaboraciones.
Atribuciones ficticias.
Autores mencionados que quizá no escribieron lo que se les adjudica.
Textos que terminaron reuniéndose hasta formar la gran compilación que conocemos.
Algunos especialistas otorgaron a Picaud un papel mucho mayor.
Quizá compilador.
Quizá coordinador.
Quizá responsable de varias piezas fundamentales.
Es posible.
Pero cuanto más ampliamos su autoría, más prudente debe hacerse la frase.
Hay una diferencia enorme entre:
“Picaud probablemente escribió la Guía”
y
“Picaud escribió el Códice Calixtino”.
La primera afirmación tiene una tradición crítica muy sólida detrás.
La segunda abre bastantes más carpetas.
LA GUÍA TAMPOCO ERA UNA GUÍA COMO LAS NUESTRAS
Hay otra pequeña trampa moderna.
Cuando decimos que Aymeric escribió “la primera guía del Camino”, nuestra cabeza imagina automáticamente una guía.
Etapa 1.
Kilómetros.
Desnivel.
Dónde dormir.
Dónde comer.
Perfil GPS.
Tres alojamientos recomendados.
Y probablemente un aviso sobre llevar efectivo porque en aquel pueblo el datáfono “justo hoy no funciona”.
El Libro V tiene parte de esa lógica.
Pero es otra cosa.
La información práctica comparte espacio con religión, moral, reliquias, prejuicios, propaganda, descripción cultural y una visión del mundo completamente medieval.
No se limita a ayudarte a llegar.
Te dice cómo debes mirar lo que encuentras.
Qué lugares venerar.
Qué santos visitar.
Qué peligros evitar.
Qué pueblos merecen elogio.
Y cuáles, a juicio de su autor, bastante menos.
La Guía no únicamente dibuja una ruta.
Construye una interpretación de la ruta.
Y quizá por eso sea tan importante.
EL LIBRO QUE AYUDÓ A RECUPERAR EL CAMINO
Hay una paradoja preciosa.
No sabemos hasta qué punto aquella Guía tuvo realmente una utilización masiva entre los peregrinos medievales.
No hay motivo para imaginar miles de caminantes del siglo XII saliendo de Francia con una copia bajo el brazo.
Los manuscritos eran otra cosa.
La circulación de los textos era otra cosa.
El peregrino se orientaba mediante redes de caminos, hospitales, monasterios, mercados, otros viajeros, conocimiento local y señales mucho menos uniformes que nuestras flechas amarillas.
Sin embargo, siglos después, el Libro V adquirió una importancia extraordinaria.
Especialmente cuando investigadores, asociaciones e instituciones comenzaron a reconstruir y estudiar con intensidad las antiguas rutas jacobeas.
De repente aquel texto medieval ofrecía algo impagable:
una fotografía escrita del Camino.
Pueblos.
Etapas.
Ríos.
Santuarios.
Cuerpos santos.
Puentes.
Ciudades.
Santiago.
La Guía que quizá nunca fue una guía de mochila para miles de medievales terminó siendo fundamental para quienes, muchos siglos después, quisieron comprender por dónde habían caminado.
¿ENTONCES PICAUD FUE EL AUTOR O NO?
Llegados aquí, sería bastante poco elegante construir toda esta crónica para terminar escondiéndome detrás de un “quién sabe”.
Así que vamos a mojarnos.
La atribución a Aymeric Picaud es sólida.
Tiene sentido.
Cuenta con una tradición académica importante.
Encaja con la procedencia francesa del texto.
Encaja con la especial relación con el Poitou.
Encaja con la presencia del propio Aymeric dentro del universo documental del Códice.
Encaja con afinidades observadas en otros textos.
Y por eso sigue siendo perfectamente razonable hablar de Picaud como autor de la Guía del peregrino.
Lo que conviene evitar es algo ligeramente distinto:
convertir esa atribución en una firma que nunca hemos visto.
No sabemos todo.
Y decirlo no debilita la historia.
La mejora.
EL PROBLEMA DE LAS ETIQUETAS CÓMODAS
Este caso explica bastante bien cómo funciona nuestra relación con el pasado.
Necesitamos simplificar.
No podemos explicar cada vez toda la historia del Códice antes de mencionar el Libro V.
Así que utilizamos etiquetas.
“Guía de Aymeric Picaud.”
Perfecto.
Sirve.
El problema empieza cuando olvidamos que debajo de la etiqueta había una nota a pie de página.
Y después olvidamos la nota.
Y finalmente convertimos una reconstrucción razonada en un hecho aparentemente indiscutible.
El Camino está lleno de pequeños procesos así.
Tradiciones que se vuelven fechas exactas.
Hipótesis que terminan convertidas en lugares precisos.
Atribuciones que con el tiempo parecen firmas.
Y relatos repetidos tantas veces que dejamos de preguntar de dónde salieron.
No significa que sean falsos.
Significa que conviene recordar cómo llegaron hasta nosotros.
EL HOMBRE DETRÁS DE LA GUÍA
A mí, sinceramente, Aymeric me interesa más después de quitarle un poco de certeza.
Porque antes era fácil.
Clérigo francés.
Siglo XII.
Autor de la primera guía del Camino.
Siguiente personaje.
Ahora aparece algo mucho más humano.
Un hombre que quizá recorrió esos caminos.
Que conocía Francia.
Que llegó a Santiago.
Que miró pueblos con simpatía y a otros con bastante menos cariño.
Que se preocupó por qué agua podía beber un peregrino.
Que observó hospitales.
Santuarios.
Reliquias.
Caminos.
Personas.
Que escribía.
Que probablemente tenía bastante carácter.
Que quizá ayudó a organizar una de las grandes compilaciones del mundo jacobeo.
Y que, novecientos años después, sigue obligándonos a discutir exactamente qué páginas fueron suyas.
No está mal como supervivencia.
LO QUE PICAUD LE DICE AL PEREGRINO DE HOY
La próxima vez que alguien te diga:
“Aymeric Picaud escribió la primera guía del Camino”,
no necesitas corregirlo con gesto de archivero enfadado.
Probablemente la frase sea suficientemente buena para una conversación normal.
Pero puedes guardar una pequeña ceja levantada.
Porque detrás hay una historia mejor.
La de un libro sin firma clara.
Un clérigo del que conocemos apenas unas migas.
Una carta que parecía resolver el caso y resultó no ser tan fiable.
Un texto profundamente francés.
Un Poitou demasiado bien tratado para pasar inadvertido.
Décadas de investigadores comparando pistas.
Y una atribución que acabó convirtiéndose en nombre propio.
Quizá Aymeric Picaud escribió efectivamente el Libro V.
Yo creo que es la opción más razonable.
Pero el archivo nos obliga a añadir dos palabras que muchas veces molestan en los titulares:
“muy probablemente”.
Y no pasa nada.
El Camino no se vuelve menos interesante cuando admitimos una duda.
Al contrario.
A veces empieza justo ahí.
Porque la primera gran guía del Camino nos explicó cómo llegar a Santiago.
Pero casi nueve siglos después todavía no hemos terminado de averiguar quién estaba exactamente sosteniendo la pluma.
JORGE M. SABIO
