Crónicas del archivo · C8 

«Ocultar al Apostol Santiago»

... de Teodomiro a León XIII

Hay una frase que podría estar escrita en cualquier archivador de la Catedral de Santiago:
Aquí nada se pierde: se tapa, se olvida… y luego alguien lo tiene que desenterrar.

La historia del sepulcro de Santiago es exactamente eso:
primero inventio (descubrimiento), luego occultatio (ocultación calculada) y, muchos siglos después, reinventio (redescubrimiento y confirmación oficial).

Vamos por partes.

 

1. Teodomiro y el hallazgo en el bosque de Libredón

A comienzos del siglo IX, en tierras del joven reino de Asturias, aparece en escena un obispo llamado Teodomiro de Iria Flavia. La tradición sitúa el episodio en torno al año 813.

Las fuentes posteriores —crónicas y cartas atribuidas a reyes y al propio obispo— cuentan que, alertado por un ermitaño llamado Paio (Pelayo), Teodomiro acude a un lugar del bosque de Libredón donde se ven luces extrañas y “signos celestes”.

Allí encuentra un enterramiento complejo:

  • un edificio funerario antiguo,
  • varios sepulcros,
  • y restos que la tradición identifica como del apóstol Santiago y dos de sus discípulos.

Teodomiro informa al rey Alfonso II el Casto, y se hace algo muy medieval: convertir un hallazgo local en asunto de Estado.

El lugar se delimita, se levanta una iglesia, se establece culto; poco a poco, el pequeño santuario se convierte en meta de peregrinación.

Durante siglos, la palabra clave es presencia. No se discute demasiado cómo llegó el cuerpo hasta allí (esa pieza la cubre la Traslatio), sino el hecho de que está. A ojos medievales, el caso queda garantizado por tres pilares:

  • la autoridad del obispo,
  • el refrendo del rey,
  • y la continuidad del culto.

Nadie habla todavía de ocultar nada; al contrario: hay que mostrar, atraer, consolidar.

 

2. Siglo XVI: cuando el peligro viene del mar… y se decide esconder

Saltamos a 1589. El mapa ha cambiado:

  • Europa vive enfrentamientos entre potencias católicas y protestantes.
  • Por la costa atlántica aparecen flotas inglesas con pocas ganas de rezar y muchas de saquear.

Ese año, la expedición inglesa de Francis Drake ataca A Coruña y ronda la costa gallega. El cabildo compostelano y el arzobispo Juan de Sanclemente hacen un cálculo rápido: si un corsario protestante entra en la ciudad y descubre un sepulcro apostólico, no va a ponerse precisamente a cantar vísperas.

Decisión:

  • se desmonta el arca con los restos,
  • se trasladan los huesos,
  • y se ocultan cuidadosamente en el entorno del ábside, junto a la capilla mayor, dejando constancia sólo en un círculo muy restringido.

Con el tiempo —cambios de cabildo, obras, olvidos interesadamente prácticos— esa memoria concreta se diluye.

Resultado paradójico:

  • la ciudad sigue venerando el sepulcro,
  • pero se pierde la memoria precisa de “dónde, exactamente” reposan las reliquias.

Durante los siglos siguientes, la devoción continúa, las peregrinaciones no se detienen, pero bajo la superficie queda una grieta incómoda:

¿Podemos seguir afirmando con rigor que sabemos dónde están los restos?

 

3. Siglo XIX: excavaciones, huesos y muchas preguntas

Avanzamos hasta 1879. Estamos en plena época de romanticismo histórico y gusto por la arqueología. El arzobispo Miguel Payá y Rico autoriza excavaciones bajo el altar mayor y la girola para aclarar, de una vez, qué hay realmente ahí abajo; el canónigo e historiador López Ferreiro está entre los protagonistas de la investigación.

Los trabajos sacan a la luz:

  • restos de estructuras del primer santuario altomedieval,
  • piezas arquitectónicas,
  • y, sobre todo, un conjunto de huesos humanos en un escondite de fábrica, en el suelo del ábside, detrás de la antigua capilla mayor.

Entra en juego algo muy moderno para la época:

  • médicos y anatomistas analizan edad y sexo de los restos;
  • arqueólogos e historiadores estudian el nicho y su relación con los primeros tiempos del santuario;
  • eruditos cruzan todo ello con crónicas y documentos.

Las conclusiones —con la prudencia de la ciencia del XIX— apuntan a que:

  • los restos corresponden a varios individuos,
  • el escondite es compatible con una ocultación deliberada en época moderna (siglo XVI),
  • y el conjunto encaja razonablemente con la tradición del “cuerpo del Apóstol + dos discípulos” escondido en tiempos de peligro.

No es una prueba de ADN (eso será otra historia y otro siglo), pero para la mentalidad de entonces, combinar:

  • tradición continua,
  • ocultación documentada,
  • y redescubrimiento arqueológico serio

es un argumento muy fuerte.

 

4. León XIII y Deus Omnipotens: cuando Roma firma

Faltaba un paso clave: que Roma dijera algo.

En 1884, el papa León XIII publica la bula Deus Omnipotens. Después de resumir la tradición, los hallazgos recientes y los informes enviados desde Compostela, concluye que los restos hallados pueden ser tenidos por auténticos restos del apóstol Santiago y de sus compañeros, y los declara dignos de veneración como tales.

¿Qué hace exactamente la bula?

  • No “crea” la tradición, sino que ratifica la continuidad entre el culto medieval y las reliquias reencontradas.
  • Anima a los fieles a mantener el peregrinaje y el régimen de indulgencias.
  • Y cierra, en la práctica, la crisis abierta por la pregunta:

“¿Y si la tumba está vacía o no sabemos dónde está?”

Para cualquier investigador, esto significa que, desde 1884, el “expediente sepulcro de Santiago” tiene cuatro piezas grandes sobre la mesa:

  1. el relato de Teodomiro y los orígenes,
  2. la ocultación de 1589,
  3. la excavación de 1879,
  4. y el veredicto pontificio.

La duda histórica nunca desaparece del todo —la investigación sigue y seguirá—, pero, a nivel eclesial y devocional, el caso queda reabierto y resuelto.

 

5. ¿Por qué importa esta historia para un peregrino?

Si caminas hoy a Compostela, todo esto está… literalmente bajo tus pies.

Cuando entras en la catedral, ves el baldaquino barroco, abrazas la imagen del Apóstol y bajas a la cripta, estás atravesando capas de relato:

  • el bosque de Libredón de Teodomiro,
  • la ocultación defensiva de 1589, cuando el miedo venía del mar,
  • la reinventio de 1879, con pico, pala e informes,
  • y la firma de León XIII diciendo, en resumen:

“Podéis seguir llamando a este lugar tumba de apóstol con buena conciencia.”

Para un peregrino inquieto, esta historia sirve para varias cosas:

  • Vacunar contra simplismos: ni todo es “leyenda medieval sin más”, ni todo es “prueba de laboratorio”. Hay decisiones humanas, miedos, ocultaciones, búsquedas y verificaciones en varias épocas.
  • Entender mejor lo que ves: la cripta no es sólo “un sitio bonito para hacerse la foto”; es el final (provisional) de un diente de sierra histórico que va de Teodomiro a León XIII pasando por Drake.
  • Preguntarte qué haces tú con lo recibido: otros ocultaron por miedo, otros redescubrieron con pico y pala, otros certificaron. Tú llegas después, con una credencial en la mano y un mundo muy distinto en la cabeza.

La próxima vez que te pongas frente al sepulcro, quizá tenga sentido que, además de decir “he llegado”, te preguntes:

“¿Qué parte de esta historia quiero conocer mejor: sólo la postal… o también las capas de polvo, piedra y papel que hay detrás?”

Ahí, entre inventio, occultatio y reinventio, es donde respira de verdad todo lo que llamamos hoy Camino de Santiago.

 

 

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