Crónicas del archivo · C1 

«El día que el Códice Calixtino salió a dar una vuelta»

El robo del Códice Calixtino

Hay mañanas de archivo en las que pasa lo de siempre: polvo fino, guantes, firmas, silencio.
Y luego estuvo aquella mañana de julio de 2011 en Santiago en la que alguien abrió el cajón donde dormía uno de los manuscritos más importantes de la cristiandad medieval… y el cajón estaba vacío.

Ni bombazo hollywoodiense, ni vitrinas rotas, ni cuerda por la ventana.
Simplemente: no está.

Vamos por partes.

 

1. Qué era exactamente “eso” que había desaparecido

Lo que faltaba no era “un libro viejo”. Era el Códice Calixtino, un manuscrito del siglo XII que recopila la versión más antigua conservada del Liber Sancti Iacobi: sermones, liturgia, milagros, el relato de la Traslatio del cuerpo del Apóstol… y, en su famoso Libro V, una guía para peregrinos con descripciones de rutas, pueblos, iglesias y costumbres.

En cifras rápidas:

  • Manuscrito iluminado, segunda mitad del siglo XII.
  • 225 folios de pergamino, varios cuadernos, encuadernados hoy en un solo volumen.
  • Cinco libros + apéndices, con textos litúrgicos, narrativos y musicales.
  • Custodiado en el archivo de la Catedral de Santiago, no en un museo aparte.

Durante siglos fue sobre todo un instrumento de trabajo interno (liturgia, memoria, prestigio). En época contemporánea se convirtió también en:

  • icono cultural del Camino (de ahí lo de “primera guía del peregrino”),
  • y pieza única: no hay “otro igual” en la estantería de repuesto.

Por eso, cuando faltó, no faltó un objeto: se abrió un agujero en la historia.

 

2. Verano de 2011: “ha desaparecido el Códice”

La desaparición se detecta el 5 de julio de 2011. Un canónigo va a buscar el manuscrito a la cámara-archivo donde se guardaba, dentro del propio complejo catedralicio, y no lo encuentra en su caja. Tampoco aparece al revisar estanterías, mesas ni “los sitios de siempre”.

Lo que se sabrá después:

  • No hay rastro de entrada forzada ni de robo espectacular.
  • Las cámaras de seguridad y los controles de acceso eran, por decirlo con caridad, muy modestos.
  • No faltaba nada más especialmente valioso: solo el Códice.

Durante meses flotan todas las hipótesis:

  • ¿robo por encargo?,
  • ¿trama internacional de coleccionismo?,
  • ¿un “Erik el Belga 2.0” con contactos en medio mundo?

Galicia entera entra en modo novela de misterio. Pero el desenlace, como suele pasar, tiene menos glamour y más polvo de garaje.

 

3. El ladrón que conocía demasiado bien la casa

En julio de 2012, un año después de la desaparición, la Policía Nacional detiene a José Manuel Fernández Castiñeiras, electricista autónomo que había trabajado durante décadas para la Catedral y conocía al dedillo pasillos, llaves y rutinas.

Los investigadores habían ido estrechando el círculo:

  • Todo apuntaba a un robo de “interior”: quien lo hizo sabía exactamente dónde estaba el Códice y cómo acceder sin hacer ruido.
  • Al revisar movimientos de dinero, donativos y documentación, aparecen indicios de sustracciones continuadas de limosnas, cobros y objetos de la Catedral.
  • El sospechoso tenía además un conflicto personal y laboral con la institución.

No estamos ante un ladrón de guante blanco que llega en helicóptero.
Es alguien casi invisible, con mono de trabajo y destornillador, al que todos conocen de vista y pocos miran de verdad.

Ahí la retranca gallega se permite una frase:
A veces o perigo non entra pola porta; entra coa chave que ti mesmo lle deches.

 

4. El hallazgo en el garaje de Milladoiro

El 4 de julio de 2012, los agentes registran un garaje–trastero en Milladoiro, a pocos kilómetros de Santiago. Dentro de una caja de cartón, envuelto en bolsas de plástico, aparece el Códice Calixtino.

No está en una cripta secreta ni en manos de una logia internacional.
Está en un inmueble normal y corriente, en una urbanización de las afueras.

Además del manuscrito, la policía encuentra:

  • más de un millón de euros en metálico (en torno a 1,2 millones),
  • otros objetos desaparecidos de la Catedral,
  • varios libros religiosos (incluido un libro de horas),
  • y hasta ocho facsímiles del propio Códice.

La imagen de aquel día es potente: cajas saliendo del garaje, cámaras de televisión, titulares en todos los medios… y una mezcla de alivio y vergüenza:

  • Alivio: el Códice está de vuelta y, contra todo pronóstico, en buen estado de conservación.
  • Vergüenza: una pieza clave del patrimonio europeo llevaba un año en una caja de plástico, a merced de humedades y azares.

En términos de relato, es como si el propio Camino recordara que sus mayores peligros no siempre vienen de fuera.

 

5. Juicio, condena… y lo que no se pudo probar

En 2015, la Audiencia Provincial de A Coruña condena a Fernández Castiñeiras a 10 años de prisión por:

  • el robo del Códice Calixtino,
  • hurto continuado de dinero y documentos,
  • y blanqueo de capitales,

además de imponerle importantes responsabilidades civiles e indemnizaciones.

En 2016, el Tribunal Supremo revisa la suma de penas:

  • ajusta el cómputo de los delitos,
  • y deja la condena en 8 años y 2 meses de prisión,
  • manteniendo las obligaciones de devolver el dinero y compensar a la Catedral.

Lo que no se acredita judicialmente:

  • ni una “red internacional” superior,
  • ni encargos de coleccionistas en la sombra.

La historia final es más sencilla y más incómoda:

No hace falta una conspiración sofisticada cuando tienes un sistema de seguridad flojísimo, un tesoro sin apenas controles y un trabajador resentido con acceso a llaves y rutinas.

 

6. Qué cambió después (y por qué importa más de lo que parece)

Tras recuperar el Códice, la Catedral y las instituciones implicadas mueven ficha:

  • Refuerzo de sistemas de seguridad en archivo y dependencias.
  • Revisión de protocolos de acceso: menos confianza difusa, más registros.
  • Cambio en la forma de custodiar y exhibir el manuscrito: más cuidado museístico, menos “libro de uso interno que vive en un despacho”.
  • Mayor conciencia pública de que el patrimonio no es invulnerable por el simple hecho de ser sagrado.

Para el Camino de Santiago y para quienes escribimos / leemos sobre él, el caso deja varias lecciones:

  1. Los tesoros están mucho más cerca de la vida cotidiana de lo que parece.
    El Códice no vivía en un búnker: vivía en una catedral con goteras, obras, electricistas y facturas.
  2. La memoria se puede perder por descuido tanto como por guerras.
    No hizo falta un incendio ni una invasión: bastó una caja en un garaje y un año de “no sabemos dónde está”.
  3. El relato moderno del Camino también se escribe con estas historias.
    El robo del Códice forma ya parte del imaginario jacobeo contemporáneo: aparece en documentales, reportajes, libros de ensayo… y ha cambiado la relación del público con los archivos.
  4. Para una trilogía como Los Arcanos del Camino, es un recordatorio perfecto:
    no estamos jugando sólo con milagros medievales y reyes lejanos, sino también con decisiones muy humanas, muy recientes, sobre cómo se cuida (o no) la memoria.

 

7. Y tú, como peregrino o lector, ¿qué haces con esto?

La próxima vez que entres en la Catedral de Santiago y escuches hablar del Códice Calixtino como “la primera guía del Camino”, puedes recordar tres cosas:

  • Durante un año, esa “guía” estuvo fuera de ruta, en un garaje a las afueras.
  • Su desaparición no la provocó un ejército enemigo, sino el descuido y la picaresca.
  • Su recuperación demuestra que, a veces, la investigación policial y la presión social funcionan… aunque lleguen tarde.

Y quizá tenga sentido hacerse dos preguntas:

  1. ¿Cuántos otros “códices” —papeles, historias, voces— están aún perdidos, no en manos de ladrones, sino enterrados en cajas que nadie abre?
  2. ¿Qué parte de ese archivo vivo quieres conocer tú: sólo la postal bonita, o también las grietas?

El Camino, como el Códice, no es un objeto perfecto: es una suma de fe, errores, papel, piedra… y algún garaje.

Precisamente por eso sigue valiendo la pena contarlo.

 

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