Misterios del Camino · M7

Dum Pater Familias

Me pasó en Santiago, pero pudo haberme pasado en cualquier parte del Camino donde el sonido se cuela sin pedir permiso.

No fue en la Catedral ni en una misa multitudinaria, de esas que parecen un evento. Fue en un sitio más pequeño. Un lugar de piedra fresca y bancos viejos, con olor a cera y a humedad honrada. Entré por refugio: venía de la calle con demasiada gente, demasiadas cámaras, demasiadas frases ya preparadas.

Dentro había pocas personas. Un puñado. Un silencio de esos que no imponen: invitan.

Me senté en el último banco, por costumbre. Los peregrinos solemos elegir el fondo como quien se reserva una salida por si se emociona de más.

Al frente, en el altar, no había nada extraordinario. Ni reliquias a la vista ni tesoros con cartel. Solo un paño blanco, unas flores discretas, y una luz que entraba por una ventana alta y caía como una promesa tranquila.

Entonces lo escuché.

Al principio fue solo un murmullo: voces que se afinaban, un carraspeo, la respiración colectiva de un coro pequeño. Eran cuatro o cinco. No más. Un grupo de gente que cantaba como se hacen las cosas cuando no hay intención de espectáculo: con cuidado.

La melodía arrancó suave, sin fanfarrias. Latín, pensé. O algo que quería ser latín. Me relajé, dejé que la cabeza se vaciara.

Y entonces llegó el estribillo.

Ultreia…

La palabra salió clara, redonda, casi alegre. Me hizo fruncir el ceño. No por desagrado, sino por sorpresa.

“Esto me suena.”

Lo siguiente fue peor.

…e suseia.

Ahí ya no pude evitarlo: solté una media risa, casi imperceptible, como quien se ríe de sí mismo. Porque, en mi cabeza, “Ultreia” era eso que te suelta el peregrino de barba larga en la cena, el guiño “culto”, el canto de albergue con guitarra desafinada. Una palabra que, te confieso, yo tenía archivada en el cajón de cosas bonitas pero modernas.

Y allí estaba, sonando como si llevara siglos esperando esa acústica.

Me incorporé un poco. Miré alrededor, buscando complicidad, alguien que también estuviera pensando lo mismo: “¿en serio están cantando esto aquí?”

Nadie me miró. Nadie sonrió. Nadie parecía estar haciendo una broma.

El canto siguió. Era sencillo y solemne a la vez, como esas cosas que han perdido la vanidad por el camino. Un par de estrofas, un silencio, y otra vez el estribillo:

—Ultreia… e suseia.

Esta vez no me reí. Se me quedó un nudo raro, como si me hubieran tocado una cuerda que yo no sabía que tenía.

Cuando terminó, hubo un silencio limpio. El tipo de silencio que no aplaude, porque entiende que el aplauso no mejora nada.

Los cantores se levantaron y se movieron con calma hacia una sacristía lateral. Una mujer mayor se arrodilló un momento, se santiguó y salió. Dos peregrinos se abrazaron en silencio y se quedaron allí, sin hablar, como si el Camino también tuviera derecho a una pausa.

Yo me quedé sentado, con la palabra repitiéndose por dentro.

Ultreia. Suseia.

¿De dónde demonios…?

Cuando ya no quedó nadie, me levanté despacio y fui hacia una mesa pequeña junto a la puerta. Había lo de siempre: folletos turísticos, un par de estampas, una vela con cartelito de donativo.

Y, entre todo eso, una hoja fotocopiada en blanco y negro, doblada por la mitad, con un título que parecía escrito a máquina:

DUM PATER FAMILIAS

Debajo, en letra más pequeña:

Himno del Liber Sancti Iacobi (s. XII).

Tragué saliva.

Lo abrí con cuidado, como si fuera a romperlo. Dentro venía el texto, en columnas, con algunas palabras en negrita. Y allí estaba, sin adornos, sin guiños, sin modernidad impostada:

E ultreia, e suseia…

Me quedé quieto un segundo, con la hoja en las manos. De pronto todo encajaba y, a la vez, nada encajaba.

O, mejor dicho: encajaba lo que de verdad importa en el Camino. Que una palabra pueda viajar siglos y seguir encontrando garganta.

Guardé la hoja doblada en el bolsillo interior de la chaqueta. Ese bolsillo es mi archivo portátil: ahí van las cosas que no pesan, pero tiran.

Salí a la calle con la sensación de haber escuchado una grieta temporal. Santiago seguía como siempre: gente, ruido, flechas, prisa. Pero yo llevaba otra música dentro.

 

Caminé sin rumbo durante un rato. Crucé una plaza, pasé junto a un grupo de guías con paraguas, esquivé un músico callejero que tocaba una versión demasiado alegre de algo medieval.

Y, sin querer, acabé donde acabo casi siempre cuando algo me pica: en una tienda de libros.

No era una librería moderna. Era de esas con estanterías altas, madera oscura y olor a papel usado. Tenía un rincón dedicado al Camino: guías, mapas, ensayos, diccionarios de jacobeo, facsímiles carísimos que uno mira como se mira un coche antiguo.

La dependienta, una mujer de ojos rápidos, me saludó sin entusiasmo pero sin prisa.

—¿Buscas algo concreto?

Yo saqué la hoja doblada del bolsillo. La abrí sobre el mostrador como si estuviera enseñando una prueba.

—He oído esto —dije—. En una iglesia. Y pensaba que era… otra cosa.

Ella miró el título, y su cara no cambió. Eso ya me dijo bastante.

—“Dum Pater Familias” —leyó—. Ajá.

—¿Es del Calixtino?

—Del universo del Calixtino —matizó, como quien corrige sin humillar—. Del Liber Sancti Iacobi. Lo cantan a veces. Depende del sitio y de quién esté.

Esa frase me hizo sonreír por dentro. “Depende del sitio y de quién esté.” En el Camino, todo es eso.

—Yo lo tenía por… —busqué la palabra— por moderno.

La dependienta levantó las cejas con una compasión ligera, muy compostelana.

—Claro. Porque la palabra ha tenido segunda vida. Pero no nace ahí.

Se agachó, sacó un libro mediano de debajo del mostrador, y lo puso delante de mí. No era un facsímil caro. Era un libro de consulta, de los que se manosean.

Lo abrió por una página marcada con un papelito.

—Mira.

Allí había un párrafo subrayado y, al lado, una reproducción pequeña de notación medieval que yo no sabría leer aunque me pagaran. Pero el texto, el texto sí se entendía. Hablaba de cantos asociados a la peregrinación, de repertorios, de transmisión.

Y, otra vez, como una insistencia, apareció la frase:

“E ultreia, e suseia.”

Me entró una risa floja. Esta vez no era burla. Era alivio. Como cuando confirmas que algo que te ha conmovido no te lo has inventado.

—O sea que… —empecé.

—O sea que no era una broma —terminó ella—. Era archivo.

Me quedé callado un momento. La palabra “archivo” tiene un poder raro en Santiago. Aquí “archivo” no es solo papeles. Es autoridad. Es el sitio donde una historia deja de ser cuento.

—¿Y por qué suena tan… actual? —pregunté.

Ella se encogió de hombros.

—Porque la gente sigue necesitando lo mismo que antes: ánimo. Y porque a veces el Camino te da lo que necesitas con una palabra que viene de lejos.

Me devolvió la hoja, con el gesto de quien devuelve algo que no es suyo pero sabe que te lo llevas.

—¿Te lo canto? —preguntó, de repente.

—¿Cómo?

—Si lo has oído mal, te lo canto para que lo recuerdes bien.

Yo me reí. No era el tipo de propuesta que te hacen en una librería.

—No hace falta.

Ella ladeó la cabeza.

—Claro que hace falta. Si no, en tu memoria se quedará como “esa cosa moderna”. Y no es eso.

Me miró serio por primera vez.

—Esto es lo que hace Santiago todo el rato: te pone delante dos versiones de lo mismo. La que se cuenta fácil y la que está en los papeles. Tú eliges.

Se me quedó esa frase, pegada.

“Dos versiones de lo mismo.”

Me despedí con un gesto torpe y salí.

 

En la calle, me topé con un grupo de peregrinos que se hacían una foto. Uno de ellos, al pasar, me soltó el saludo que te lanza el Camino como una piedra suave:

—Buen Camino.

Yo respondí, automático:

—Buen Camino.

Y, sin saber por qué, mientras seguía andando, me vino el impulso de añadir algo más. Algo que ya no sonaba a broma, sino a puente.

Me giré un poco, sin detenerme del todo, y lo dije bajo, como quien no quiere molestar:

—Ultreia.

El peregrino me miró raro. Sonrió como quien reconoce una contraseña sin estar seguro de si es la correcta.

—…e suseia —respondió, a medias, con acento.

Y ahí, en medio de una calle cualquiera de Santiago, sin coro, sin iglesia, sin folio fotocopiado, ocurrió lo más sencillo y lo más difícil de explicar:

una palabra de archivo se volvió palabra de paso.

No me hizo más sabio, ni más santo, ni más medieval. Solo me hizo caminar con la sensación de que el Camino, a veces, te presta su memoria.

Y que esa memoria viaja sin pedir permiso.

 

        JORGE M. SABIO

 

Sabías que…

Aunque hoy “Ultreia” suene a guiño moderno, su anclaje más sólido está en el universo medieval del Liber Sancti Iacobi (s. XII), asociado a la tradición jacobea compostelana.

  • “Dum Pater Familias” es un himno/canto vinculado a la peregrinación y transmitido en el entorno del Liber Sancti Iacobi (conocido popularmente por el nombre del manuscrito compostelano más famoso: el Códice Calixtino).
  • La fórmula “Ultreia / suseia” aparece ahí como estribillo cantado: no nace como “saludo hablado al pasar”, aunque hoy se use a veces como fórmula identitaria entre peregrinos.
  • En el Camino contemporáneo, “Ultreia” vive una segunda vida (cantos, asociaciones, momentos rituales), y por eso mucha gente la percibe como algo “moderno”. Lo interesante es que, en realidad, es un buen ejemplo de cómo el Camino recicla palabras antiguas para necesidades eternas: ánimo, comunidad, pertenencia.
  • Si alguna vez oyes un estribillo que te suena a “canción de albergue”, prueba a hacer lo que hacen los curiosos: busca el papelito, pregunta en una librería, tira del hilo. A veces el hilo te lleva, sin darte cuenta, a un texto de hace siglos.

 

CANTO COMPLETO:

DUM PATER FAMILIAS [CANTO DEL ULTREYA]

Fuente: https://xacopedia.com/Dum_pater_familias


Dum pater familias
Rex universorum
Donaret provincias
Ius apostolorum
Jacobus Yspanias
Lux illustrat morum.
Primus ex apostolis
Martir Jerosolimis
Jacobus egregio
Sacer est martyrio
Jacobi Gallecia
Opem rogat piam
Plebe cuius gloria
Dat insignem viam
Ut precum frequentia
Cantet melodiam:
“Herru Sanctiagu
Grot Sanctiagu
E ultreya e suseya
Deus aia nos”
Primus ex apostolis . . .
Jacobo dat parium
Omnis mundus gratis
Ob cuius remedium
Miles pietatis
Cunctorum presidium
Est ad vota satis.
Primus ex apostolis . . .
Jacobum miraculis
Que fiunt per illum
Arctis in periculis
Acclamet ad illum
Quisquis solvi vinculis
Sperat propter illum.
Primus ex apostolis . . .
O beate Jacobe
Virtus nostra vere
Nobis hostes remove
Tuos ac tuere
Ac devotos adibe
Nos tibi placere.
Primus ex apostolis . . .
Jacobe propicio
Veniam speremus
Et quas ex obsequio
Merito debemus
Patri tam eximio
Dignas laudes demus.
Primus ex apostolis . . .

 

Cuando Dios Padre,
Rey del Universo,
Distribuía los territorios
Entre sus apóstoles
Escogió a Santiago
Para ilustrar España.
Primero entre los apóstoles
Martirizado en Jerusalén
El insigne Santiago
Fue santificado en su martirio.
La Galicia de Santiago
Ruega piadoso tributo
Al pueblo para cuya gloria
Da insigne camino
Que con abundancia de preces
Cante la Melodía:
“¡Oh Señor Santiago,
Oh Gran Santiago,
Adelante y arriba
Y que Dios nos proteja!”.
Primero entre los apóstoles . . .
A Santiago rinde culto
Gente del mundo entero
A través del auxilio
Del piadoso Caballero
Hay protección y ayuda
Abundante para todos.
Primero entre los apóstoles . . .
Que los milagros de Santiago
Se revelen a todos
Los que a él acuden
Cuando están en peligro.
Todo el que confía en él
Será liberado de las cadenas.
Primero entre los apóstoles . . .
¡Oh!, bendito Santiago
Nuestra verdadera fortaleza
Aleja de nosotros los enemigos
Cuida de aquellos
Que confían en ti
Que te seamos gratos.
Primero entre los apóstoles . . .
Esperemos que Santiago
Nos otorgue su perdón,
Y siempre obsequiosos
Al mérito que le debemos.
A Padre tan excelso
Dignas alabanzas demos
Primero entre los apóstoles . . .

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