Misterios del Camino · M4
El botafumeiro que se detuvo a tiempo
La primera vez que lo vio, pensó que era imposible que aquello no acabara mal.
El botafumeiro colgaba quieto, casi modesto, en el centro del crucero. Desnudo, sin brasa todavía, parecía menos amenazador: un gran incensario metálico, algo tiznado, suspendido de una cuerda imposible que se perdía hacia la bóveda. Ana, guía de grupo desde hacía años, repasaba mentalmente el discurso de siempre mientras sus peregrinos hacían fotos.
—¿Seguro que lo mueven hoy? —preguntó uno, con la cámara ya preparada.
—Eso han dicho en sacristía —respondió ella—. Mide alrededor de metro y medio, pesa más de cincuenta kilos sin carga, y cuando va lleno pasa de los cien. Por eso se necesitan ocho tiraboleiros para moverlo.
Lo dijo en automático, como quien recita una tabla de multiplicar. Se ahorró el dato de los setenta kilómetros por hora en pleno vuelo. Eso lo dejaba para cuando ya estuviera oscilando.
La misa continuó. El murmullo de idiomas se fue apagando hasta quedar en un silencio espeso, ese silencio raro de la catedral de Santiago que no es vacío, sino una especie de espera. Ana, apoyada discretamente junto a un pilar, contaba cabezas: doce del grupo francés, siete italianos, dos coreanas con cara de no creerse nada y un gallego solitario que había llegado por el Camino Inglés y escuchaba todo con una mezcla de respeto y retranca en los ojos.
El sacerdote dio la bendición final. Un tiraboleiro mayor, de sotana roja, se acercó al botafumeiro con la naturalidad de quien ata una maceta al balcón. Le cargaron el carbón y el incienso, lo aseguraron con nudos viejos y nuevos y empezaron el ritual. Uno, dos, tres empujones cortos; después, las carreras coordinadas, la cuerda que sube y baja, el metal que empieza a describir un arco cada vez más amplio.
—Mirad las manos —susurró Ana a su grupo, señalando a los tiraboleiros—. Ahí está el truco.
Pero no era verdad del todo. No aquella vez.
En el tercer impulso largo, cuando el botafumeiro empezaba a cruzar el crucero de lado a lado, algo cambió. Ana no sabría decir si fue el sonido, el ritmo o una vibración distinta en la piedra bajo sus pies. El incensario subió un poco más de lo habitual, la cuerda pareció tensarse de golpe y un murmullo recorrió los bancos como una ola corta.
El gallego del Camino Inglés soltó, más para sí que para nadie:
—Hoxe vai alegre…
Ana tragó saliva. Ella conocía la historia: en 1499, en presencia de Catalina de Aragón, la cuerda se rompió y el botafumeiro salió despedido hacia la puerta de Platerías; en 1622 y en 1937 hubo sustos parecidos. Siempre la misma imagen: peso, velocidad, trayectoria, milagro de que nadie resultara herido.
Recordó otra cosa: el día anterior, en la visita técnica con un responsable de la catedral, habían hablado de la cuerda nueva, sintética, de sesenta y cinco metros, cinco centímetros de diámetro, noventa kilos de peso, capaz de soportar el baile de más de cien kilos de metal y brasas. «No hay problema», le habían dicho. «Ahora está todo más que calculado».
Ahora, sin embargo, el cálculo sonaba menos sólido.
El botafumeiro rozaba ya los veinte metros de altura en cada extremo del arco. El humo dibujaba una estela blanca y gris que se quedaba unos segundos en el aire, como una firma titubeante. Los peregrinos, hipnotizados, seguían el vaivén con el cuello en tensión. Uno de los franceses se persignó sin terminar el gesto.
Fue entonces cuando Ana lo vio.
No fue nada espectacular: un ligero desajuste en el paso de uno de los tiraboleiros. El hombre más joven —el de la izquierda del mayor— llegó medio segundo tarde al tirón. Su mano se resbaló un centímetro en la cuerda: lo justo para romper el ritmo.
El gran incensario, en vez de seguir la curva perfecta, pareció tambalearse. No mucho, un palmo quizá, pero lo bastante para que los ocho hombres se mirasen a la vez, con ese miedo rápido que no se aprende en los ensayos. Cargado, en lo alto, el botafumeiro empezó a subir “de lado”.
Ana sintió cómo una parte ancestral de su cuerpo le decía: corre. Otra parte, más profesional, la clavó al suelo. No se corre en el crucero cuando el botafumeiro está en el aire. Nunca.
En ese latido suspendido, ocurrió algo que ninguno de los peregrinos supo explicar bien después.
El incensario, en el punto más alto de su vaivén, pareció detenerse un instante más de lo normal. No fue una parada real —la física no perdona—, pero el ojo registró un pequeño corte en el movimiento, como cuando alguien tropieza al bailar y recompone el paso en el aire.
De la boca abierta del botafumeiro cayó entonces una pequeña lluvia de chispas y brasas diminutas, un poco más cargada hacia uno de los lados. Varios peregrinos soltaron un «oh» nervioso. Ana, sin apartar la vista, notó que las chispas no caían al azar: dibujaban algo parecido a una línea más gruesa de humo hacia una de las esquinas del crucero, justo frente a una losa distinta, más gastada, marcada por pasos que venían de muy lejos.
El gallego murmuró, casi divertido:
—Mira ti, que ata o fume sabe onde parar…
El tiraboleiro mayor reaccionó con una rapidez que solo dan los años. Cambió el ritmo del tirón, indicó con un gesto brusco una corrección de fuerza y el botafumeiro recuperó la trayectoria. Dos oscilaciones más, todavía altas pero ya más seguras, y comenzó la frenada controlada. La cuerda descendió, los hombres se plantaron sobre las losas con los pies bien abiertos y el incensario fue perdiendo impulso hasta quedar, otra vez, colgando manso.
Aplauso. De esos que empiezan tímidos y crecen, más de alivio que de devoción. El joven tiraboleiro se secó el sudor con la manga. El mayor le dio un leve toque en el hombro. No hubo bronca. Había quedado entre ellos y la cuerda.
—Bueno —retomó Ana, con una sonrisa que le salió un poco temblorosa—. Acabáis de ver volar uno de los incensarios más grandes del mundo. Si alguna vez habéis dudado de la gravedad, aquí tenéis una clase práctica.
El grupo rió como quien suelta tensión.
Cuando salieron a la plaza, el aire olía a incienso rancio y lluvia vieja. Los franceses hablaban del espectáculo; las coreanas, del vídeo que acababan de grabar; el gallego, de la suerte que había que tener para verlo tan cerca.
Ana se quedó un momento atrás, mirando la fachada. Algo le rondaba la cabeza.
Volvió dentro más tarde, ya sin grupo. La catedral estaba casi vacía. Caminó despacio hasta el crucero, midiendo con paso de guía las losas. La mirada se le fue sola hacia el lugar donde había visto caer el humo en aquella oscilación rara. No era exactamente una marca, pero la piedra tenía un desgaste distinto, como si siglos de pies se hubieran detenido allí más que en otras.
Se agachó, apoyando una mano en el frío del granito. Notó entonces que no era solo desgaste. Bajo la pátina de polvo y cera antigua, la yema de los dedos rozó algo más fino: hendiduras mínimas, trazos rectos y curvos que no parecían grietas naturales.
Sacó el móvil, encendió la linterna y ladeó la luz, como había aprendido a hacer en algún curso de visitas nocturnas. Poco a poco, la piedra empezó a hablar en sombras: unas pocas letras, medio borradas, se dejaron leer en latín pobremente conservado.
…VOX… SUB… LAPIDE…
Ana frunció el ceño. No hacía falta ser filóloga para pillar tres palabras: «voz», «bajo» y «piedra».
—Moi ben —murmuró, entre ironía y escalofrío—. Como metáfora sutil, igual pasástesvos un pouco.
Probó a leerlo en voz baja, juntando lo que faltaba con lo que intuía:
—[Hic] vox… sub lapide… —Aquí, una voz bajo la piedra…
El eco no respondió nada especial. Solo el murmullo lejano de unos turistas perdidos en la nave lateral y el rumor indistinto de la ciudad filtrándose por las puertas.
Guardó el móvil, acarició una vez más la inscripción como quien comprueba que no la ha imaginado del todo y se incorporó.
Encima, colgando en silencio, el botafumeiro parecía otra cosa: una lámpara apagada, un péndulo dormido, un secreto al que se le hubiera pasado la hora.
Ana se permitió una retranca en voz baja:
—Pois ti dirás, meu… se algunha vez tes algo que contar, escolle ben a quen lle dás o susto.
No esperaba respuesta, claro. Pero, por si acaso, antes de salir, dejó caer una mirada larga al incensario. El metal no se movió. Solo un leve resto de olor a incienso viejo parecía insistir en quedarse, pegado a la piedra donde alguien, hace mucho, había decidido dejar escrito que debajo siempre hay una voz esperando.
Camino de la salida, se prometió a sí misma que, la próxima vez que contara la historia de los viejos accidentes del botafumeiro, añadiría una línea nueva:
«Y hubo un día, no hace tanto, en que casi… pero solo casi».
Porque hay cosas que se cuentan mejor así, con un “casi” que deja la puerta entreabierta a la imaginación.
JORGE M. SABIO
Sabías que…
El famoso botafumeiro no es un «gadget turístico» reciente, aunque a veces lo parezca cuando las cámaras se levantan todas a la vez.
Algunos datos que merece la pena conocer:
- Es uno de los incensarios más grandes del mundo: mide alrededor de metro y medio de altura y pesa más de sesenta kilos en vacío; cargado con carbón e incienso puede superar fácilmente los cien. Necesita a ocho hombres —los tiraboleiros— para ponerlo en movimiento y puede alcanzar cerca de 70 km/h en el punto más alto del arco.
- Cuelga de una cuerda de unos sesenta y cinco metros, hoy de material sintético y con un peso cercano a los noventa kilos, anclada a la bóveda del crucero. En épocas antiguas, las cuerdas eran de cáñamo o esparto… y alguna vez fallaron: crónicas y recopilaciones modernas recuerdan desprendimientos en 1499 (ante Catalina de Aragón), en 1622, en 1925 y en 1937. En todos los casos, el incensario salió disparado o cayó al suelo, pero, según la tradición, sin víctimas mortales.
- Su origen práctico tiene menos glamour y más realismo: en la Edad Media, con la catedral llena de peregrinos que llegaban tras semanas de camino, el humo del incienso ayudaba a “purificar” el ambiente. Además de símbolo litúrgico, funcionaba como desinfectante aromático cuando aún no existían los ambientadores.
- Hoy el botafumeiro no se usa en todas las misas: suele volar en celebraciones solemnes, en algunas Misas del Peregrino señaladas y cuando hay patrocinios o festividades especiales. Hay calendarios no oficiales que persiguen estas fechas como si fueran eclipses.
La próxima vez que lo veas volar, puedes mirarlo con otros ojos: no solo como «ese cacharro enorme que casi se escapa», sino como un péndulo que lleva siglos oscilando entre lo simbólico y lo práctico, entre la fe y la física… y que, por ahora, sigue volviendo siempre al centro.
