Misterios del Camino · M14

La estrella que nadie miraba

La primera vez que vi aquella estrella, no la vi. Y eso tiene cierto mérito, porque estaba justo delante de mí.

Había llegado a la Catedral con esa mezcla extraña que uno lleva encima después de terminar el Camino: cansancio, alegría, un poco de desconcierto y demasiadas cosas que quieres hacer porque alguien te ha dicho que hay que hacerlas.

Entrar.

Abrazar al Apóstol.

Bajar a la cripta.

Ver la urna.

Quedarte unos segundos en silencio.

Salir intentando convencerte de que has entendido algo.

Yo había empezado por el abrazo.

Entré por el acceso lateral y me incorporé a la fila que conducía al camarín. Delante de mí caminaba un hombre de unos setenta años, quizá alguno más. Pelo blanco, abrigo oscuro y las manos cruzadas detrás de la espalda.

No llevaba bordón o pequeña mochila. Tampoco cámara ni teléfono en la mano.

En la Catedral de Santiago eso no convierte a nadie en sospechoso, pero sí en alguien estadísticamente interesante.

La fila avanzó. Cuando llegamos al inicio de las escaleras, el hombre se detuvo un instante y miró hacia su derecha. Después me miró a mí.

—¿La has visto?

Seguí la dirección de sus ojos.

—¿El qué?

—Ahí abajo.

Desde las escaleras se distinguía, con cierta dificultad, un pequeño espacio protegido por una verja metálica. Bajo un cristal había una loseta de granito.

Nada más.

Una piedra gris.

Si no sabes que existe, es fácil pasar de largo. De hecho, eso estaba haciendo prácticamente todo el mundo.

—¿Qué es?

El hombre sonrió apenas.

—El lugar donde apareció la segunda vez.

Se giró y continuó subiendo. Yo tardé un par de segundos en seguirlo.

—¿La segunda vez qué?

No contestó.

 

La fila nos obligó a continuar. No había forma de acercarse a aquella loseta. Solo verla desde las escaleras, por encima de la pequeña protección que delimita el espacio.

La perdí de vista al subir. Delante apareció entonces lo que todos habíamos venido a buscar: Santiago.

La imagen sedente del Apóstol presidiendo el altar mayor, cubierta con la esclavina, rodeada de plata, oro y una acumulación barroca que no parece haber conocido nunca el significado de la palabra moderación.

El hombre que iba delante de mí llegó hasta la imagen. Pensé que la abrazaría.

No lo hizo.

Se quedó un instante frente a ella, inclinó ligeramente la cabeza y continuó hacia la escalera de salida.

Después me tocó a mí. Puse los brazos alrededor de la imagen.

Hay gestos que uno puede explicar muy bien antes de hacerlos y bastante peor después.

No pedí nada ni di las gracias por nada concreto. Me limité a quedarme allí unos segundos.

Luego solté el abrazo y seguí el recorrido hasta bajar por el lado contrario.

Cuando salí del camarín, el hombre estaba unos metros más adelante. Esperando. O eso pensé.

Me acerqué.

—¿Qué quiso decir con lo de la segunda vez?

Pareció sorprendido.

—¿Segunda vez?

—La piedra.

Miró hacia las escaleras que acabábamos de abandonar.

—Ah.

Y siguió caminando. Tuve que ponerme a su lado.

—Ha dicho que allí apareció la segunda vez.

—Sí.

—¿Qué apareció?

Esta vez me miró directamente.

—Santiago.

No supe qué responder. Él sí.

—Bueno —rectificó—. Los restos que fueron considerados suyos. Conviene no correr más que los documentos.

Aquella frase me hizo bajar un poco la guardia. No parecía uno de esos hombres aficionados a contar secretos históricos después del segundo café.

—¿Y la primera vez?

Se detuvo. Al fondo se abría el acceso hacia la cripta.

—Para eso tienes que bajar.

Entramos por uno de los laterales. Las escaleras descendían hacia ese pequeño espacio bajo el altar mayor donde todo el fenómeno jacobeo parece comprimirse: piedra, silencio, una urna de plata y gente intentando encontrar dentro de sí misma la reacción adecuada.

El hombre bajaba delante de mí.

—¿Sabes qué significa inventio? —preguntó sin volverse.

—Invención.

Se paró.

—Ese es el problema de traducir palabras antiguas con significados modernos.

Esperó a que llegara a su altura.

—Hallazgo.

Reanudó la marcha.

—Inventio es el hallazgo.

No necesitó decir de qué.

La tradición compostelana sitúa aquel primer descubrimiento a comienzos del siglo IX: un ermitaño, Paio; unas luces extrañas sobre un antiguo espacio funerario; el aviso al obispo Teodomiro de Iria; la identificación de unos restos como los del apóstol Santiago y dos de sus discípulos.

Después llegaría Alfonso II. Después, una iglesia. Después otra. Después peregrinos. Después una ciudad. Después medio mundo caminando hacia allí.

Todo había empezado, de una forma u otra, con aquellas luces.

—Una estrella —dije.

El hombre dejó de caminar. No llegó a girarse.

—No.

Una sola palabra.

—¿No qué?

Ahora sí me miró.

—No una estrella.

Habíamos llegado a la cripta. Delante estaba la urna.

Y entonces señaló hacia arriba.

—Ahora sí. Mira.

Levanté los ojos.

La vi.

Una estrella, justo encima.

—Esa sí es una estrella —dije.

—Claro.

—Pero acaba de decir…

—Que al principio no la había.

Me quedé mirándola. Era extraño: había bajado para ver los restos atribuidos al Apóstol y, en apenas unos segundos, aquel hombre había conseguido que la urna fuese lo segundo que me interesaba.

 

Nos hicimos a un lado, lo suficiente para que las personas que venían detrás continuasen hacia la salida del otro extremo. Nadie volvía atrás. El recorrido seguía avanzando.

—Los relatos medievales más antiguos que cuentan el hallazgo hablan de luminarias —continuó—. Luces. Resplandores. No de una estrella concreta señalando el sepulcro.

—Pero siempre se cuenta así.

—Ahora.

Miró nuevamente hacia arriba.

—Una luz es difícil de dibujar. Una estrella, no.

Aquello era tan simple que casi molestaba.

Seguimos hacia la salida de la cripta.

—Entonces, ¿la estrella apareció después?

—Como símbolo, sí. Mucho después.

—¿Y Campus Stellae?

Se detuvo justo antes de comenzar a subir. Por primera vez desde que lo conocía, sonrió de verdad.

—Ah. Campus Stellae.

Pronunció las dos palabras como si acabara de aparecer un viejo conocido del que no terminaba de fiarse.

—Campo de la estrella —dije.

—Una historia preciosa.

Esperé.

—Viene el «pero», ¿verdad?

—Siempre hay un «pero». Para eso están los archivos.

Subimos.

—La idea es perfecta —continuó—. Una estrella señala el lugar. El lugar se convierte en el campo de la estrella. Campus Stellae. Compostela.

—Tiene sentido.

—Demasiado.

Salimos por el lado contrario al que habíamos entrado. La gente continuaba circulando a nuestro alrededor, entrando por un acceso y saliendo por el otro como agua obligada a rodear una piedra.

—Las formas antiguas del nombre no sostienen bien esa explicación —añadió—. Campus Stellae aparece tardísimo. Pero la historia gustó. Y cuando una historia gusta mucho, consigue algo que los historiadores conocen bastante bien.

—¿Qué?

—Que la gente deje de preguntar cuándo empezó a contarse.

Seguimos caminando. Me di cuenta entonces de que no sabía absolutamente nada de aquel hombre.

—¿Es usted historiador?

—No.

—¿Guía?

—Tampoco.

—¿Trabaja aquí?

La pregunta pareció divertirle.

—Hoy no.

No aclaró nada más.

 

Volví a preguntarle por la loseta. Esta vez respondió.

En 1589, Francis Drake atacó A Coruña. El temor a que los ingleses pudieran alcanzar Santiago provocó que las reliquias atribuidas al Apóstol fueran ocultadas en el entorno del altar mayor.

El problema fue que el escondite funcionó demasiado bien.

El peligro pasó. Los años también. Después pasaron generaciones y, en algún momento, se perdió la memoria exacta del lugar.

Los restos que daban sentido a uno de los mayores centros de peregrinación de Europa estaban, supuestamente, dentro de la Catedral. Pero nadie sabía dónde.

—Eso sí que es difícil de explicar —dije.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto tiempo pase. Dos años son un descuido. Tres siglos empiezan a parecer historia.

En el siglo XIX, el arzobispo Miguel Payá impulsó su búsqueda. Antonio López Ferreiro y otros responsables de las excavaciones removieron el entorno del altar mayor hasta que, en enero de 1879, aparecieron restos humanos ocultos en un pequeño espacio.

Precisamente allí.

Bajo aquella loseta que acababa de ver desde las escaleras sin comprender qué estaba mirando.

—La Reinventio —dijo.

—¿La segunda Inventio?

—Exactamente.

La palabra tenía algo hermoso.

Inventio.

Reinventio.

Dos hallazgos. Dos momentos separados por más de mil años.

El primero estaba en el origen de Compostela. El segundo ayudaría a devolver fuerza a una peregrinación que llevaba siglos perdiendo impulso.

Los restos fueron estudiados y el proceso terminó con el reconocimiento eclesiástico de su autenticidad por León XIII en 1884. Después se preparó la cripta y la urna, y los restos volvieron a exponerse al culto.

Todo aquello que acabábamos de ver abajo era, en buena medida, consecuencia de aquel redescubrimiento.

El hombre miró hacia el acceso por el que habíamos comenzado nuestra primera subida al camarín.

—Ahora hazlo otra vez.

—¿El qué?

—Sube.

—Ya he abrazado al Apóstol.

—No te he dicho que lo abraces.

Me quedé quieto.

—La primera vez has ido a ver lo que sabías que estaba allí.

Señaló hacia las escaleras.

—Ahora ve a mirar lo que no viste.

Volví a entrar en la fila. Él vino conmigo. Esta vez caminaba detrás, no delante, y no dijo una palabra.

Cuando llegamos al comienzo de las escaleras, hice algo que no había hecho la primera vez.

Me detuve.

Miré hacia la derecha.

La pequeña verja. El cristal. La loseta.

Ahora sabía lo que significaba.

No podía acercarme. Ni tocarla. Ni verla mucho mejor que antes.

Pero ya no era una piedra.

Era un lugar.

1879.

La segunda aparición.

La Reinventio.

 

Seguí subiendo.

Al llegar a la imagen del Apóstol, no sentí necesidad de abrazarla otra vez. Pasé despacio, observándola desde una distancia que unos minutos antes me habría parecido absurda.

Pensé en algo extraño. La mayor parte de quienes estábamos allí mirábamos hacia arriba, hacia la imagen. Y justo antes de llegar habíamos pasado junto al lugar donde aparecieron los restos que hoy daban sentido a la cripta.

Dos Santiagos separados por unos metros: el representado y el atribuido a unos huesos.

Uno recibía abrazos. El otro había necesitado ser encontrado dos veces.

Bajé por la escalera del lado contrario. El hombre estaba esperándome al final.

—¿Ahora?

—Ahora abajo.

Regresamos a la cripta. Entramos otra vez por el lateral.

Esta vez, antes de ver la urna, levanté los ojos.

La estrella estaba allí, exactamente donde había estado cinco minutos antes. Pero ya no era la misma.

No porque hubiera cambiado.

Porque había cambiado yo.

—Eso es lo peligroso de los símbolos —dijo el hombre a mi lado.

—¿Peligroso?

—Terminan pareciendo más antiguos que la historia que representan.

Miré la estrella. Pensé en Paio, en las luminarias, en Teodomiro, en la Inventio.

—Entonces la estrella no demuestra nada.

—¿Tiene que demostrar algo?

No contesté.

—Un símbolo no es un acta notarial —continuó—. No está ahí para certificar cómo ocurrió algo. Está ahí porque alguien necesitó darle forma.

Señaló discretamente hacia arriba.

—¿Cómo representarías unas luces misteriosas apareciendo sobre un bosque?

Miré la estrella.

—Así.

—Exactamente.

Después señaló hacia la urna.

—Y ahí está lo interesante.

Seguimos caminando muy despacio.

—Las luminarias se convirtieron en estrella. La estrella terminó ayudando a explicar incluso el nombre de Compostela. Y siglos después, cuando los restos desaparecieron de la memoria, tuvieron que encontrarlos otra vez.

Me miró.

—El Camino está lleno de cosas que primero suceden, después se cuentan y finalmente se recuerdan de una forma que ya no es exactamente ninguna de las dos anteriores.

—¿Y cómo sabemos qué parte es cierta?

—Separándolas.

—¿El qué?

—Lo que sabemos. Lo que cuentan los documentos. Lo que pertenece a la tradición. Y lo que nosotros añadimos después porque queda demasiado bien para dejarlo fuera.

Miré otra vez hacia la estrella.

—Campus Stellae.

—Por ejemplo.

Sonrió.

—Precioso.

—Pero probablemente falso.

—Como etimología, sí.

—Le gusta esa historia.

—Muchísimo.

—Aunque no sea cierta.

Se quedó un momento mirando hacia la urna.

—Las historias no tienen que ser literalmente ciertas para ser importantes.

Después me miró.

—Solo hay que tener la decencia de no cambiarles la etiqueta.

 

Salimos de la cripta por el otro lado. Yo ya no tenía prisa. Por primera vez desde que había entrado en la Catedral sentía que no estaba acumulando gestos, sino intentando colocarlos.

El abrazo. La loseta. La urna. La estrella. Inventio. Reinventio. Campus Stellae.

Todo estaba a apenas unos metros. Y, sin embargo, podían pasar años entre una cosa y otra si nadie te explicaba dónde mirar.

Caminamos unos pasos en silencio.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

El hombre siguió andando.

—¿Importa?

—Después de todo esto, un poco.

Se detuvo junto a una columna. Había gente cruzándose entre nosotros. Un grupo numeroso acababa de salir de una visita y durante unos segundos tuvimos que apartarnos para dejarlo pasar.

—Hay una cosa que todavía no has entendido —dijo.

—¿Cuál?

—Sigues preguntando quién te cuenta la historia.

Se acercó ligeramente.

—Pregunta primero de dónde sale.

Después ocurrió algo bastante menos espectacular de lo que probablemente estás esperando.

No hubo luces. No sonaron campanas. No apareció una puerta secreta.

Un grupo de unas veinte personas pasó entre nosotros. Yo me hice hacia un lado.

Cuando terminaron de pasar, el hombre ya no estaba.

Miré hacia la nave.

Nada.

Hacia el acceso por el que habíamos venido.

Tampoco.

Caminé unos metros pensando que habría seguido adelante. No lo encontré.

Durante un momento tuve esa tentación infantil que aparece cuando una historia empieza a comportarse demasiado bien: convertir una ausencia en un misterio.

Me negué.

Una catedral llena de gente es un lugar excelente para perder de vista a alguien.

Seguí buscando.

Nada.

Vi a una mujer del personal cerca de uno de los accesos y me acerqué.

—Perdone.

—¿Sí?

—El señor que estaba conmigo… un hombre mayor, abrigo oscuro, pelo blanco.

Esperé algún gesto de reconocimiento. No llegó.

—¿Era de algún grupo?

—No.

—¿Un guía?

—Eso iba a preguntarle.

La mujer negó.

—Los guías van identificados.

—Me ha estado explicando la zona de la loseta y la cripta.

Se encogió de hombros.

—Sería un visitante.

Claro.

Eso era exactamente lo razonable.

Un visitante.

Le di las gracias y me fui.

Y entonces, cuando ya estaba llegando a la nave, me di cuenta de algo que me hizo detenerme.

Volví mentalmente a todo el recorrido: la primera subida, la piedra, el camarín, la cripta, la segunda vuelta, la estrella.

Y comprendí qué me había estado incomodando.

El hombre no había abrazado al Apóstol. Tampoco se había detenido ante la urna. No se había santiguado. No había hecho una fotografía. Ni siquiera recordaba haberlo visto levantar la cabeza para mirar la estrella.

Durante todo aquel tiempo había hecho una sola cosa: mirar si yo miraba.

 

Volví a la cripta una última vez otro día.

No aquel.

Aquella tarde ya había tenido suficiente Santiago para una sola cabeza.

Regresé con menos gente y sin buscar a nadie. Entré por el mismo lado, bajé y, antes de mirar la urna, hice exactamente lo que aquel hombre me había enseñado.

Levanté los ojos.

La estrella seguía allí.

Pensé en aquellas luminarias de la tradición medieval que alguien terminó convirtiendo en un símbolo. Pensé en el nombre imposible y precioso de Campus Stellae. Pensé en unos restos escondidos ante una amenaza inglesa y encontrados casi tres siglos después.

En la Inventio.

En la Reinventio.

En la pequeña loseta que miles de personas pasan cada día sin mirar mientras suben a abrazar al Apóstol.

Y pensé también en aquel desconocido.

Nunca supe quién era.

Probablemente un compostelano aficionado a la historia. O un investigador. O un antiguo guía. O un hombre con demasiado tiempo.

O simplemente alguien que había aprendido algo que casi todos olvidamos cuando llegamos a Santiago: que mirar no siempre consiste en dirigir los ojos hacia lo más importante.

A veces consiste en saber qué hay al lado.

O debajo.

O encima.

La urna estaba frente a mí. La estrella, sobre ella.

Y por primera vez entendí que quizá no estaba viendo el símbolo de una estrella que señaló una tumba.

Estaba viendo algo más interesante.

La forma que escogimos para recordar unas luces.

Porque los símbolos no siempre cuentan exactamente lo que ocurrió. A veces cuentan cómo decidimos recordarlo.

Y mientras salía por el lado contrario de la cripta pensé en la última cosa que aquel hombre me había dicho.

«Pregunta primero de dónde sale».

Desde entonces intento hacerlo.

Aunque confieso que, cuando vuelvo a Santiago, hay otra pregunta que todavía no he conseguido responder.

De dónde salió él.

 

JORGE M. SABIO

 

 

Sabías que…

· INVENTIO es el término latino utilizado para referirse al hallazgo del sepulcro atribuido al apóstol Santiago a comienzos del siglo IX. En este contexto no significa «invención» en el sentido actual, sino descubrimiento o hallazgo. La tradición sitúa como protagonistas al ermitaño Paio y al obispo Teodomiro de Iria Flavia.

· Los relatos medievales más antiguos no hablan de una estrella concreta señalando la tumba. Hablan de luminarias, luces o resplandores extraordinarios. Con el paso del tiempo, aquellas luces terminaron representándose mediante una estrella, mucho más sencilla y poderosa desde el punto de vista simbólico.

· CAMPUS STELLAE significa literalmente «campo de la estrella» y durante mucho tiempo se popularizó como explicación del nombre Compostela. Es una interpretación muy evocadora, pero hoy no es la etimología aceptada por la mayoría de los especialistas. La asociación entre Compostela y una estrella es, además, bastante posterior a los primeros relatos del hallazgo.

· OCCULTATIO alude a la ocultación de las reliquias apostólicas. En 1589, ante el temor provocado por el ataque inglés de Francis Drake a A Coruña, los restos atribuidos a Santiago y a sus discípulos fueron escondidos en el entorno del altar mayor de la Catedral. Con el tiempo se perdió la memoria exacta de su emplazamiento.

· REINVENTIO es la forma utilizada para referirse al redescubrimiento de aquellos restos en 1879, durante las excavaciones promovidas por el arzobispo Miguel Payá y Rico. Tras su localización se inició un proceso de estudio y reconocimiento que culminó en 1884 con la bula Deus Omnipotens de León XIII.

· Los restos reconocidos como los del Apóstol Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro se conservan actualmente en la urna de plata situada en la cripta de la Catedral.

· Sobre esa urna aparece precisamente una estrella. No es un detalle casual: el arca y la estrella forman parte de la simbología histórica del Cabildo compostelano y resumen visualmente una buena parte del relato jacobeo.

En pocos metros conviven, por tanto, el primer hallazgo, la ocultación, el redescubrimiento y la transformación de unas antiguas luminarias en uno de los grandes símbolos de Compostela.

 

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