Misterios del Camino · M10
La sombra del MILIARIO
La primera vez que vi el miliario de San Román da Retorta pensé lo que piensa casi todo el mundo cuando se encuentra con una réplica:
“Ah. Entonces el bueno no está aquí.”
Y esa frase, dicha por dentro, ya me puso en mi sitio.
Porque en el Camino uno va aprendiendo —a base de piedras, desvíos y alguna ampolla con vocación pedagógica— que no siempre lo verdadero coincide con lo original. A veces lo original está en un museo, limpio, quieto, protegido y lejos del barro. Y lo verdadero se queda donde tiene que estar: junto al camino, recibiendo lluvia, polvo y miradas rápidas de peregrinos que ya van pensando en la ducha.
Aquel día había salido de Lugo con demasiadas cosas en la cabeza.
No cosas graves. Cosas de caminante.
Que si la etapa era larga.
Que si el cielo amenazaba.
Que si la mochila pesaba más por culpa de dos tonterías compradas “por si acaso”.
Que si la rodilla derecha empezaba a escribir sus memorias.
El Camino Primitivo, después de Lugo, tiene una manera particular de recordarte que no ha terminado nada. La ciudad queda atrás con su muralla, su puente, su piedra romana y esa sensación de haber cruzado una frontera antigua. Pero enseguida vuelve el campo, las corredoiras, los muros bajos, los lugares que no hacen ruido y los perros que opinan desde lejos.
Así que pregunté por el miliario en un restaurante un poco antes de llegar al pueblo, de esos donde la puerta no sabe si chirría por vieja o por personalidad.
—El miliario está un poco más adelante, justo al llegar a San Román, cerca de la iglesia —me dijo la mujer de la barra, sin levantar demasiado la voz—. Pero no se emocione. Es copia.
Lo dijo como se dice “no hay caldo” o “la máquina del café hoy anda rara”: con una mezcla de información útil y advertencia contra expectativas ridículas.
—Ya lo sé —respondí—. El original está en Astorga, ¿no?
La mujer me miró entonces con más atención. No con admiración, que eso sería exagerar. Más bien con ese gesto gallego de “este viene leído, cuidado”.
—Eso dicen los papeles.
—¿No es así?
Se encogió de hombros mientras limpiaba una taza que ya estaba limpia.
—El original estará donde esté. Pero la sombra quedó aquí.
Yo sonreí, pensando que era una forma bonita de hablar.
—¿La sombra?
—Vaya al atardecer —dijo—. Si quiere mirar, mire cuando la piedra ya no parece piedra.
Ahí debí haber preguntado más.
Pero en el Camino hay frases que se te entregan como una llave pequeña: no conviene gastarlas en explicaciones demasiado pronto.
Detrás de la mujer, se veía una cocina de las de antes: vapor, cazuelas grandes, y el hueco de la puerta dejando escapar un olor a cocido gallego capaz de tumbar cualquier propósito ligero de final de etapa.
—¿Hay sitio para comer? —pregunté—. Me parece que acabo de oler a cocido.
—Aquí lo hacemos todos los días del año —dijo ella—. Sin darle más importancia.
Como si aquello fuera normal.
Como si poner un cocido en medio del Camino, todos los días, no fuese también una forma bastante seria de hospitalidad.
—No sé si es lo mejor para terminar la etapa —dije—, pero si hay hueco, me pido uno.
Lo hubo.
Comí. O, para ser exactos: lo intenté. Porque un cocido gallego se negocia. Primero con el hambre, luego con el plato y al final con la dignidad.
No pude con todo.
Pagué, me despedí de la mujer y salí de nuevo al camino con el cuerpo más lento, la cabeza más alerta y esa frase dando vueltas:
“Pero la sombra quedó aquí.”
San Román da Retorta apareció poco después como aparecen algunas aldeas en Galicia: sin anunciarse demasiado, como si no quisiera interrumpir.
Un cruce.
Una iglesia.
Un cementerio.
Alguna casa.
Y esa calma rural que no es silencio, sino una suma muy fina de pájaros, viento, motores lejanos y pasos sobre grava.
Yo venía buscando el miliario.
Lo había apuntado en una libreta dos días antes, en Lugo, mientras leía sobre la Vía XIX. Esa vieja calzada romana que atravesaba este territorio antes de que nadie pensara en flechas amarillas, credenciales o Compostela con horario de Oficina.
Me gustaba la idea.
Antes del Camino, ya había camino.
Antes del peregrino, ya había quien pasaba.
Antes de que Santiago organizara la meta, Roma había contado distancias.
El miliario estaba a poca distancia de la iglesia, en ese lugar exacto donde los elementos parecen puestos para que uno no sepa si mirar al templo, al camino o al poste romano. Era una columna de piedra sencilla, vertical, con esa dignidad que tienen las cosas que no necesitan adornarse.
Me acerqué.
Había una pequeña placa y explicación cerca, lo justo para recordar que aquello era una réplica. El original, lejos. El testimonio, allí. La Vía XIX, atravesando la zona como una cicatriz antigua bajo la piel del Camino Primitivo.
Toqué la piedra con dos dedos.
Fría.
No fría de misterio. Fría de estar a la intemperie, que es una forma mucho más seria de frío.
Le di la vuelta despacio, como si esperara encontrar una inscripción secreta, una marca borrada, un número que no cuadrara. Pero no había nada espectacular. Nada que justificara una escena con música de fondo. Solo la piedra, la copia, el aire y una iglesia vigilando desde cerca con paciencia románica.
Y entonces me dio un poco de vergüenza.
Porque yo había venido buscando un misterio, y la piedra me estaba devolviendo algo mucho más incómodo: un recordatorio.
No todo tiene que esconder algo.
A veces basta con estar.
Me senté en el muro bajo, saqué una barrita de cereales y dejé pasar el tiempo.
Al principio llegaron dos peregrinos alemanes que hicieron lo que hacemos todos aunque luego nos pongamos finos: foto rápida, gesto de lectura, media vuelta.
Después una pareja italiana discutió si aquello era romano, medieval o “un poco de todo”. Se fueron sin decidirlo.
Más tarde pasó un hombre mayor con un cubo azul. No sé de dónde venía ni adónde iba, pero en Galicia hay hombres con cubos azules que parecen formar parte del patrimonio inmaterial.
Se detuvo al verme.
—¿Esperando?
—La sombra —dije, antes de darme cuenta de lo raro que sonaba.
El hombre no se rió.
Eso fue lo primero que me inquietó.
—Entonces espere sentado —respondió—. Esa no llega cuando uno quiere.
Llevaba gorra, jersey oscuro y unas botas que habían pisado más tierra que muchos peregrinos con blog. Dejó el cubo junto al muro y miró el miliario con esa familiaridad que solo tienen los vecinos con las cosas que los visitantes convierten en símbolo.
—Me dijeron en el bar que mirara al atardecer.
—Le dijeron poco.
—Mejor poco que demasiado.
El hombre me observó un segundo y sonrió apenas.
—Eso ya lo aprendió en el Camino, ¿no?
No supe qué contestar. En el Camino se aprende mucho a base de no contestar.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso, que es una forma antigua de pedirlo.
—La gente viene aquí y pregunta por el original —dijo—. Siempre lo mismo. Como si la copia pidiera perdón.
—Bueno… el original tiene otra autoridad.
—Claro. El original tiene museo. Esta tiene camino.
La frase me gustó tanto que la apunté.
El hombre miró mi libreta.
—No lo escriba todo.
—¿Por qué?
—Porque después parece verdad.
Cerré la libreta.
Ahí tuve la sensación de que el relato empezaba a caminar solo.
—¿Usted sabe qué hay que mirar? —pregunté.
Él señaló el miliario con la barbilla.
—No hay que mirar la piedra.
—¿Entonces?
—Lo que tapa.
El primer giro llegó con esa frase.
Yo había venido a ver un miliario, una columna, un resto romano transformado en réplica didáctica para peregrinos con curiosidad. Y aquel hombre, con un cubo azul a los pies, acababa de decirme que lo importante no era lo que la piedra mostraba, sino lo que tapaba.
—¿Tapa algo?
—Toda piedra tapa algo —dijo—. Aunque sea la tierra que tiene debajo.
El sol empezó a bajar, no con esa puesta teatral de postal atlántica, sino con una luz oblicua, tenue, que iba alargando las cosas sin pedir permiso. La iglesia, los muros, las cruces del cementerio, el miliario, mi bordón apoyado, todo empezó a proyectarse de otra manera sobre el suelo.
La sombra del miliario se estiró primero hacia el camino.
Luego cruzó la grava.
Luego rozó una hierba baja, casi seca.
Yo esperaba que señalara una dirección clara, un punto especial, quizá el trazado antiguo de la calzada. Algo narrativo, vamos. Algo que uno pudiera contar luego diciendo: “y entonces la sombra apuntó exactamente a…”
Pero no.
La sombra cayó sobre una zona vulgar.
Un borde de tierra junto al muro.
Un sitio donde no había nada.
—Ahí —dijo el hombre.
—¿Dónde?
—Ahí.
Miré mejor.
No vi nada.
—Perdone, pero ahí no hay…
—Porque mira usted como peregrino.
—¿Y cómo tengo que mirar?
—Como romano.
La frase tenía más retranca que solemnidad, pero funcionó. Me agaché. Aparté unas hierbas con la mano. Debajo apareció una piedra plana, medio cubierta de tierra. No era grande. No era hermosa. No tenía inscripción visible. Solo una muesca recta, demasiado limpia para ser casual, cruzando una esquina.
—Eso no es romano —dije.
—No he dicho que lo sea.
—Entonces…
—Eso lo pusieron después.
—¿Cuándo?
Se encogió de hombros.
—Después es una época muy larga.
Aparté un poco más de tierra. La muesca no era una cruz, ni una flecha, ni una letra. Parecía más bien una raya de cantero, una marca de obra, una señal práctica. Una de esas marcas que no sirven para emocionar turistas, sino para que alguien sepa dónde colocar algo, dónde medir, dónde volver a mirar.
—¿Y qué marca?
El hombre no respondió enseguida.
Se levantó despacio, cogió mi bordón —sin pedírmelo, pero con cuidado— y lo clavó junto a la piedra plana. La sombra del bordón cayó entonces sobre la del miliario y formó una línea doble, una especie de aguja oscura.
No apuntaba a Santiago.
Apuntaba hacia atrás.
Hacia Lugo.
Yo noté la decepción antes que la comprensión.
—Pero el Camino va en la otra dirección.
—El Camino sí.
—¿Y esto?
—Esto no es Camino.
El segundo giro llegó más despacio, pero pesó más.
El miliario no estaba allí para decir “sigue hacia Santiago”.
Estaba allí para recordar que antes de las metas hubo distancias. Que no todo poste antiguo funcionaba como flecha. Que la piedra romana no señalaba una devoción, sino una medida, una administración, una red, un control del territorio.
La sombra no corregía el Camino.
Lo desobedecía.
O quizá lo ponía en perspectiva.
—Los peregrinos quieren que todo apunte a Santiago —dijo el hombre—. Es normal. Vienen para eso.
No lo dijo con burla.
Lo dijo como quien describe la lluvia.
—¿Y no apunta?
—Al final, sí. Pero no todo nació para apuntar allí.
Me quedé mirando la línea oscura sobre la tierra.
La sombra del miliario.
La sombra del bordón.
La piedra plana.
La iglesia a un lado.
El camino actual al otro.
Y por debajo de todo, invisible pero presente, la vieja calzada que había atravesado aquel territorio mucho antes de que nadie tuviera que sellar nada.
—¿Quién le enseñó esto? —pregunté.
El hombre hizo una mueca.
—Un maestro.
—¿De escuela?
—De esos también. Pero este era de caminos.
Me miró para comprobar si iba a pedir más. Pedí.
—¿Y qué decía?
El hombre carraspeó, imitó una voz que quizá ya no existía y recitó:
—“La piedra romana no te dice adónde vas. Te dice que no eres el primero.”
La frase me dejó quieto.
Porque eso sí era Camino.
Más que muchas flechas.
Más que muchas fotos.
Más que muchos discursos sobre espiritualidad con palabras grandes.
No eres el primero.
No pisas tierra virgen.
No descubres nada del todo.
Llegas a lugares que ya estaban hablando antes de que tú tuvieras una pregunta.
El hombre me devolvió el bordón.
—Ya está.
—¿Ya está qué?
—La sombra. Dura poco. Como todo lo que merece la pena exagerar.
La línea se movió unos centímetros. La doble sombra dejó de tocar la piedra plana. La escena perdió su precisión y volvió a ser un miliario junto al Camino, un hombre con cubo, una iglesia, un peregrino con cara de haber entendido algo tarde.
Me dio rabia.
—¿Y si mañana vengo a la misma hora?
—No será la misma hora.
—Quiero decir…
—Ya sé lo que quiere decir. Pero no será.
Se puso de pie.
—Además, mañana usted tendrá otra prisa.
Eso era tan cierto que molestaba.
Antes de irse, levantó el cubo.
—Una cosa más.
—Dígame.
—Cuando cuente esto, no diga que aquí hay un secreto.
—¿No lo hay?
—No. Hay una sombra. Y bastante es.
Echó a andar hacia el camino de atrás, el que parecía menos usado.
Yo me quedé allí, con la libreta cerrada y el móvil en el bolsillo, cosa rara. Durante un rato no hice foto. No por respeto místico, sino porque habría salido mal. Algunas cosas no se dejan fotografiar sin volverse ridículas.
Al final, saqué la credencial.
No sé por qué.
Quizá porque en el Camino uno acaba sacando la credencial ante cualquier cosa que le parece importante, como si el cartón pudiera certificar también los pensamientos.
La abrí por la última página, donde había un sello mal estampado de Lugo, otro de una iglesia pequeña, uno de un bar y una mancha de café que parecía querer fundar su propia ruta.
Busqué un hueco.
No tenía sello del miliario, claro.
Los miliarios no sellan.
No tienen ventanilla.
No dicen “buen Camino”.
No necesitan que tú demuestres que pasaste por allí.
Pero en la esquina de la página, casi sin pensarlo, escribí a lápiz:
San Román da Retorta.
La sombra no apunta: recuerda.
Me pareció demasiado literario y estuve a punto de borrarlo.
No lo hice.
La luz bajó un poco más. El aire trajo olor a hierba húmeda y a chimenea lejana. Desde la iglesia llegó el ruido de una puerta metálica cerrándose. Un perro ladró dos veces, por cumplir.
Entonces vi algo que antes no había visto.
La piedra plana, aquella sobre la que había caído la sombra, no estaba sola. A un lado, casi pegada al muro, había otra. Y otra más allá. No formaban un dibujo claro, ni un pavimento perfecto, ni una calzada “de postal romana”. Pero sí insinuaban una línea.
Una línea que no coincidía del todo con el paso actual.
Una línea apenas desplazada.
Como si el camino que yo pisaba fuese el nieto educado de otro camino más viejo, más seco, más administrativo, más romano. Uno que no pedía fe, ni promesa, ni Compostela. Solo paso.
Me agaché otra vez.
Toqué una de las piedras.
Fría, como la réplica.
Pero distinta.
No por antigua. No sé si lo era. No voy a inventarme una datación con la mano, que bastante daño ha hecho ya la arqueología de barra.
Distinta porque no estaba puesta para ser vista.
Estaba allí como están las cosas que han sobrevivido sin pedir permiso.
Volví a mirar el miliario.
Y entonces entendí otra parte de la frase de la mujer del bar:
“Cuando la piedra ya no parece piedra.”
No era a la puesta de sol.
Era cuando dejabas de verla como monumento.
Cuando dejabas de preguntarle “qué eres” y empezabas a preguntarle “qué queda a tu alrededor”.
A veces el misterio no está en la columna.
Está en la sombra que te obliga a mirar el suelo.
Volví al restaurante. Pero estaba cerrado. Solo abrían para comidas.
Pero la mujer estaba fuera sentada en un banco, con la mirada perdida entre los sonidos de los pájaros y alguna vaca que parecía pedir algo.
—¿Vio la sombra? —preguntó, sin sorpresa.
—Creo que sí.
—Entonces no la vio del todo.
Sonreí.
—Eso también me lo han dicho.
—¿Quién?
—Un hombre con un cubo azul.
La mujer dejó de mover el paño.
No mucho.
Solo lo justo.
—¿Mayor? ¿Gorra? ¿Botas de tierra?
—Sí.
—¿Le habló del maestro?
—Sí.
La mujer miró hacia la ventana, hacia donde quedaban la iglesia y el miliario, aunque desde allí no se vieran.
—Ese hombre murió hace tres años.
Lo dijo sin música.
Sin bajar la voz.
Sin convertir la frase en escena.
Y precisamente por eso noté un frío limpio en la espalda.
—¿Perdón?
—El del cubo azul. Manuel de Vilamaior. Murió hace tres años. Era el que sabía esas cosas. Caminos, lindes, marcos, piedras. No sabía callarse cuando alguien preguntaba bien.
Me reí, porque la alternativa era poner cara de novela barata.
—Pues alguien muy parecido a él acaba de explicarme media tarde.
La mujer volvió a limpiar la taza.
Esta vez sí necesitaba limpiarla.
—Aquí hay mucho parecido —dijo—. Y mucha memoria suelta.
—¿Tenía familia?
—Tiene un sobrino. A veces pasa por allí.
—¿Con un cubo azul?
—No. El cubo era suyo.
La radio siguió murmurando una noticia que no escuché.
Yo saqué la libreta.
—¿Y lo de la sombra? ¿Era cosa de él?
—Era cosa de antes. Él solo la contaba.
—¿De antes de quién?
La mujer sonrió con esa paciencia gallega que no es paciencia, sino un cierre elegante de conversación.
—De antes.
No insistí.
Hay respuestas que, si las fuerzas, se vuelven peores.
Pregunté entonces por alojamiento, más por necesidad práctica que por cambiar de tema. Aunque, en el Camino, a veces las dos cosas son lo mismo.
—Justo enfrente del miliario hay unas cabañas —dijo la mujer—. Si tienen sitio, dormirá bien.
Lo dijo como había dicho todo lo demás: sin adornarlo, sin venderlo, sin convertirlo en recomendación de guía. En Galicia hay gente que te resuelve media jornada con una frase y luego sigue limpiando la barra como si no hubiera hecho nada especial.
Quizá llevaba siglos haciendo lo mismo.
—Mañana no salga tarde —añadió—. La niebla se mete en los bajos.
—Gracias.
—Y no busque la sombra por la mañana.
—¿Por qué?
—Porque entonces la sombra lo busca a usted.
No supe si era broma.
En Galicia esa diferencia, a veces, es administrativa.
Me alojé en una de las cabañas, como me había recomendado la mujer. Estaban justo enfrente del miliario, y me apetecía estar cerca. No por miedo ni por valentía. Por esa terquedad absurda que tiene uno cuando una piedra le deja una pregunta mal cerrada.
Dormí mal.
No por miedo.
Por exceso de cabeza.
Soñé con una calzada recta, demasiado recta para Galicia, que cruzaba montes, iglesias, cementerios, bares, rotondas y oficinas de turismo sin pedir permiso a ninguna época. En el sueño, todos los peregrinos caminábamos hacia Santiago, pero nuestras sombras iban en sentido contrario.
Al despertar, todavía oscuro, salí un momento.
No había nadie.
El aire olía a tierra mojada.
Fui hasta el miliario con la linterna del móvil encendida, aunque me prometí no usarla más de lo necesario. La réplica estaba allí, quieta, con esa humildad rara de las copias que cargan con una memoria prestada.
No había sombra.
Claro.
Sin luz no hay sombra.
Pero junto a la base, alguien había dejado una piedra pequeña, redonda, con una raya marcada en medio. No estaba allí la tarde anterior, o yo no la había visto.
Encima había una palabra escrita con lápiz, muy tenue, casi comida por la humedad:
“Lembra”. (Recuerda).
Miré alrededor.
Nada.
La iglesia.
El muro.
El camino.
La niebla entrando despacio.
San Román da Retorta guardándose otra vez dentro de sí.
Cogí la piedra.
Pesaba poco.
La tuve en la mano unos segundos y luego la dejé donde estaba. No por virtud, sino por una sospecha elemental: hay recuerdos que funcionan peor cuando te los llevas.
Volví a la cabaña.
Metí la credencial en el bolsillo interior de la chaqueta, ese que uno reserva para lo que no quiere perder, y salí cuando el día ya empezaba a aclarar.
Antes de dejar atrás San Román, me giré.
El miliario apenas se distinguía.
Parecía una piedra más.
Y quizá eso era lo que había que entender.
Durante siglos, por allí pasaron romanos, campesinos, carros, soldados, curas, animales, tratantes, caminantes, peregrinos, turistas con prisa, bicis, coches y gente que solo iba al bar. La piedra los había visto pasar a todos sin pedirles explicación.
El Camino de Santiago llegó después y le puso sentido nuevo a una vía vieja.
No la borró.
La heredó.
Eso también es el Camino: una capa encima de otra, una promesa caminando sobre una distancia, una flecha amarilla cruzándose con una sombra romana.
Seguí andando.
Y durante un buen rato tuve la impresión de que mi sombra no iba detrás de mí.
Iba debajo.
Como si alguien, mucho antes, hubiera medido ese suelo para que yo pudiera perderme con más precisión.
JORGE M. SABIO
Sabías que…
San Román da Retorta no es solo un punto tranquilo del Camino Primitivo donde muchos peregrinos piensan en dormir, comer, cenar y preparar la etapa siguiente.
También es uno de esos lugares donde el Camino deja ver una capa anterior:
la romana.
Cerca de San Román se encontró un miliario vinculado al paso de la Vía XIX por este territorio. El que hoy puede ver el peregrino junto al Camino es una réplica; el original se conserva fuera del lugar, en Astorga.
Y esto, lejos de quitarle interés, lo hace todavía más sugerente.
Porque el Camino de Santiago no nació sobre una tierra vacía. Muchas rutas medievales aprovecharon pasos, vías, puentes, corredores naturales y caminos anteriores. A veces, cuando sigues una flecha amarilla, estás caminando sobre decisiones que vienen de mucho antes: militares, comerciales, administrativas, rurales, romanas.
Un miliario romano no era una flecha espiritual.
Era una marca de distancia.
Una forma de medir.
Una señal de red.
Una prueba de que aquel territorio estaba conectado antes de que Compostela se convirtiera en meta.
Por eso San Román da Retorta funciona tan bien para mirar el Camino con otra profundidad:
el peregrino moderno ve una ruta hacia Santiago.
El miliario recuerda que antes ya había camino.
Y que, en Galicia, muchas veces lo antiguo no desaparece.
Solo queda un poco más abajo.
