Misterios del Camino · M8
San ERO: el canto que llegó tarde
Tras varios días de ruta acompañando al grupo de la Irmandade Galega de Rubí mientras hacíamos el Camino de Santiago, y disfrutando con ellos de diferentes paradas culturales, descubriendo nuevos relatos y capas del Camino, además de grandes momentos de charlas y risas alrededor de una mesa o de una piedra, aquel día tenía algo distinto. Tocaba llegar a Armenteira, y eso, para mí, importaba. El problema era que no llegaba solo. Llegaba con la libreta.
La encontré al vaciar el piso de mi padre, entre facturas viejas, una foto de mi madre con abrigo de domingo y un número doblado de O Pardao. En la portada no había fecha ni título. Solo una cruz pequeña, hecha con bolígrafo, y dentro, en su letra apretada de hombre que escribía como si tuviera que sujetar algo para que no se fuera, una frase suelta:
San Ero no perdió trescientos años; perdió su sitio.
Mi padre llevaba más de cuarenta viviendo en Cataluña y seguía hablando de Galicia como quien deja una ventana entornada. Nunca del todo cerrada, nunca del todo abierta. A veces decía «volvimos» aunque lleváramos veinte años sin pasar de Ourense. Otras decía «allá» hablando de Rubí, y yo ya no sabía cuál de las dos tierras le estaba quedando más lejos.
No era un hombre de leyendas. O eso creía yo. No era de los que se emocionan con una aparición ni de los que convierten cualquier piedra húmeda en un misterio milenario. Bastante tenía con pagar la hipoteca, que la calefacción no subiera demasiado y que la gaita no se desafinara en las fiestas de la Irmandade. Por eso me llamó tanto la atención aquella libreta. No que la hubiera guardado, sino que la hubiera escrito.
La visita subía despacio hacia el monasterio, entre comentarios bajos, bastones, mochilas descargadas ya de lo urgente y esa forma especial de hablar que tiene la gente cuando camina junta varios días: como si el cansancio hubiera limado lo superfluo y solo quedaran el dato, la broma justa y el silencio bueno.
Delante de mí iban dos mujeres hablando en gallego con acento ya mezclado, de esos que no se pueden cartografiar sin quedar mal. Una decía que en Rubí el calor le sentaba fatal a las hortensias. La otra respondía que las hortensias, como algunas personas, tampoco nacieron para según qué sitios. Me hizo gracia. Mi padre habría dicho algo parecido, seguramente con más retranca y menos poesía, pero parecido.
Armenteira apareció poco a poco, que es como deben aparecer algunos sitios. No de golpe, para foto rápida y frase hecha, sino dejándose construir por el camino. Primero el agua. Luego la pendiente. Después el verde apretando el valle con ese empeño casi físico que tiene Galicia cuando quiere que no olvides dónde estás. Y, al final, el monasterio, como si no lo hubieran levantado unos hombres sino una paciencia muy antigua.
Hay lugares que te reciben y lugares que te corrigen. Armenteira es de los segundos.
La guía —una mujer de voz baja y entusiasmo administrado, cosa nada fácil— empezó a contar la historia de San Ero sin sobreactuarla. Se lo agradecí. La peor manera de estropear una leyenda es contarla como si tuvieras que convencer a alguien. Lo dijo casi con naturalidad: un abad que quiso entender el Paraíso, un paseo por el monte, el canto de un ave, un instante de contemplación, siglos transcurridos sin notarlo. Cuando volvió, nadie lo reconoció. Su tiempo ya no era el de los suyos.
Yo ya conocía la historia. Mi padre me la había mencionado dos o tres veces, siempre mal y siempre a medias, que era su manera favorita de contar las cosas importantes. Nunca la explicaba entera. Soltaba una frase, te miraba como si con eso bastara y seguía comiendo. «Lo peor no fue que se le pasaran los siglos», decía. «Lo peor fue volver y no saber ya de quién era tu casa». Y luego te pedía la sal.
Escuchando a la guía hablar del abad, del pájaro y del desajuste del tiempo, me pareció oír otra vez la voz de mi padre por encima del agua. No como una presencia, ni como esas cursilerías que luego uno se arrepiente de haber escrito. Más bien como un pensamiento ajeno que insiste demasiado en parecer propio.
El grupo siguió hacia el claustro. Yo me quedé atrás con la excusa de atarme una bota que no necesitaba ajuste. Saqué la libreta.
Había más frases sobre San Ero dispersas por las páginas. Ninguna ordenada. Ninguna cerrada. Como si no fueran notas, sino peleas.
La eternidad no se le apareció como premio. Se le apareció como desproporción.
En otra página:
Uno sale un momento al bosque y vuelve extranjero.
Y más adelante, ya casi al final:
Hay gente a la que le pasa lo mismo sin necesidad de pájaro.
Leí esa última dos veces.
El agua corría a mi izquierda con una obstinación impecable. No sé si era el Armenteira o un hilo cualquiera del valle; daba igual, porque en ese sitio el agua deja de ser geografía y pasa a ser argumento. Sonaba como si llevara siglos diciendo lo mismo y nadie hubiera conseguido corregirla.
Entonces oí el pájaro.
No voy a fingir más de la cuenta: no se detuvo el mundo, no se abrió la piedra, no sentí una mano fría en el hombro ni vi nada que pueda contarse luego con aire convincente. Escuché un canto limpio, breve, tan bien colocado en el aire que durante unos segundos todo lo demás pareció ponerse a su servicio: el agua, la ladera, los árboles, el monasterio detrás, el rumor del grupo ya más lejos.
Me senté en un banco de piedra.
Podría decir que lo hice porque estaba cansado. Y no mentiría. Podría decir también que me senté como se sienta uno cuando teme entender algo que llevaba tiempo evitando. Y tampoco mentiría.
Abrí otra vez la libreta.
En una hoja que al principio me había parecido en blanco, vi una anotación casi borrada, escrita con menos fuerza que las demás. Mi padre debía de haberla hecho deprisa o con mal pulso:
Lo peor no es irse. Lo peor es volver y notar que ya no encajas del todo ni en un sitio ni en el otro.
Debajo había añadido, mucho después y con otra tinta:
Preguntarle a San Ero.
Ahí fue donde la historia dejó de ser medieval y se puso desagradablemente cerca.
Mi padre no había guardado la leyenda porque le interesara lo maravilloso. Ni por devoción al abad. Ni por amor al folclore bien contado. La había guardado porque reconocía el mecanismo. Porque él también había salido un momento —un momento largo de cuarenta años, eso sí— y había aprendido que el tiempo no pesa igual en todas partes. Que uno puede vivir media vida en un sitio y seguir sintiendo que la llave buena abre otra puerta. Que a veces vuelves a tu pueblo y lo encuentras entero, pero colocado un poco a la izquierda de tu memoria. Y que otras te quedas donde has hecho familia, amigos, costumbres, entierros, meriendas, trabajo, y, aun así, hay una parte de ti que responde con retraso, como si todavía estuviera llegando.
Mi padre no había querido entender el Paraíso. Había querido entender eso.
Y no se lo había dicho a nadie.
Levanté la vista hacia el monasterio. El grupo salía ya de la visita. Reconocí la chaqueta roja de Maruxa, la mujer de Rubí que había caminado la etapa entera hablando a ratos del calor en Cataluña, de las fiestas de la Irmandade y de la primera vez que bailó una muiñeira fuera de Galicia porque, según ella, emigrar ya era bastante como para entregar también los pies. Cerca de ella iba Xosé, que seguía llamando «o boletín» a O Pardao con la solemnidad de quien nombra una parroquia. Desde donde yo estaba, parecían más lejos de lo que estaban, como si el valle hubiera decidido separar un poco las cosas para que se vieran mejor.
Volví a mirar la libreta. Entre dos páginas sueltas había una fotografía pequeña, mal recortada. Mi padre, más joven, apoyado en un coche de finales de los ochenta, con otras tres personas que no reconocí y una pancarta al fondo donde apenas se leía: Irmandade Galega de Rubí. Detrás, con rotulador azul, solo había escrito una frase:
Manterse non é quedar.
Me reí. Solo un poco. Porque era exactamente el tipo de sentencia que él habría soltado después de dos vasos de vino y una discusión sobre si los hijos de los emigrantes eran menos de aquí o menos de allí o todo al revés.
El pájaro volvió a cantar.
Esta vez más lejos.
Yo no perdí siglos, claro. Perdí algo más pequeño y quizá más útil: la manía de creer que mi padre era un hombre sencillo. Lo había reducido durante años a un carácter, cuatro costumbres, cierta terquedad doméstica y una nostalgia administrada con discreción. Y, de pronto, sentado en Armenteira con una libreta vieja en la mano, entendí que llevaba dentro una pregunta mucho más honda de lo que yo le había concedido.
No quería saber cómo era el cielo.
Quería saber cómo se sobrevive al desajuste de vivir entre dos tiempos, dos tierras y dos versiones de uno mismo.
Pensé en todas las veces que volvió a Galicia y en cómo caminaba por su pueblo con una familiaridad ligeramente teatral, como si actuara para que nadie notase el pequeño descuadre. Pensé en las fiestas de la Irmandade, en la gaita, en las empanadas, en la insistencia casi tozuda de seguir diciendo nosa cultura desde un municipio catalán. Pensé, también, en lo fácil que me había resultado a mí considerar todo eso folclore bienintencionado, decorado de emigración, costumbre de mayores. Como si la identidad fuese una cosa fija que se guarda en un armario y no algo que puede irse desgastando por dentro mientras por fuera parece seguir en su sitio.
Una sombra me tapó el papel. Levanté la cabeza.
Era Maruxa.
—Perdóname —dijo—. Pensé que te habías perdido.
Le enseñé la libreta abierta, sin saber muy bien por qué.
Leyó la frase de mi padre en silencio. Luego miró el agua. Después el monasterio. Y, por último, me miró a mí con esa mezcla de compasión y lucidez que da cierta edad bien usada.
—Hai xente —dijo— que emigrou unha vez e segue volvendo aínda hoxe.
No supe qué contestar.
Ella tampoco parecía necesitar respuesta.
Se sentó a mi lado un momento, miró hacia donde el grupo esperaba y añadió, ya en castellano, quizá por deferencia o por costumbre mezclada:
—A veces uno tarda años en entender de qué iba de verdad la pena de los padres.
Se levantó antes de que yo encontrara nada digno que decir.
Cuando me incorporé, el banco había guardado un poco del frío de la piedra. Metí la libreta en la mochila con un cuidado nuevo, como si ya no fuera un objeto heredado sino una conversación apenas empezada. El pájaro había callado. El agua siguió a lo suyo, que es lo más parecido que conozco a una verdad antigua: avanzar sin explicar nada.
Al alcanzar al grupo, Xosé discutía con otro sobre si el canto de San Ero había sido de mirlo, de ruiseñor o de pájaro literario, que viene a ser una especie propia. Me hizo gracia. Mi padre se habría puesto de parte del pájaro literario, seguro, solo por fastidiar.
Bajamos juntos hacia donde nos esperaba el autobús que nos llevaba de regreso a la residencia. La etapa Pontevedra–Armenteira se notaba ya en las piernas y en esa forma más callada de caminar cuando el cuerpo empieza a pedir cama antes que conversación. Subí el último. Antes de sentarme, miré una vez más hacia el monasterio.
No sentí revelación, ni paz completa, ni ninguna de esas cosas que quedan bien cuando se cuentan después. Sentí algo más modesto y quizá más verdadero: que acababa de llegar tarde a una pregunta que mi padre llevaba media vida haciéndose.
Y que, aun así, todavía estaba a tiempo de escucharla.
JORGE M. SABIO
Sabías que…
El Monasterio de Santa María de Armenteira está en el municipio de Meis, en la comarca de O Salnés (Pontevedra), en un valle de la ladera occidental del monte Castrove. Hoy es uno de esos lugares que merece mucho la pena parar y visitar con calma, no solo por el monasterio, sino también por el entorno de agua, bosque y molinos que lo rodea. Además, encaja muy bien en la llamada Variante Espiritual del Camino Portugués, una ruta especialmente interesante si buscas una experiencia más patrimonial y menos automática.
La leyenda de San Ero, vinculada al monasterio, cuenta, de manera resumida, que este monje quiso entender cómo podía ser la eternidad o el Paraíso. Un día, paseando por los alrededores de Armenteira, quedó embelesado escuchando el canto de un pájaro. A él le pareció un instante, pero cuando regresó al monasterio habían pasado unos trescientos años. Los monjes ya no lo conocían, y solo pudieron reconocerlo por las crónicas de su desaparición. La historia fue recogida ya en las Cantigas de Alfonso X, lo que demuestra que no es una invención reciente para turistas, sino una tradición medieval muy asentada.
La Irmandade Galega de Rubí también es real. Fundada en 1981, nació con el objetivo de mantener y difundir la cultura gallega entre la emigración y sigue hoy activa y operativa, con actividad cultural, presencia pública y una trayectoria sostenida en el tiempo. Además, su boletín O Pardao forma parte de la memoria de la entidad y está documentado en la hemeroteca municipal de Rubí.
