Diccionario del peregrino inquieto · D22
Qué es una CARTULARIO ?
... y por qué fue tan importante para el Camino de Santiago
Dicho muy rápido:
…el libro medieval que guardaba las pruebas antes de que empezara el pleito.
Respuesta rápida
Un cartulario es un libro en el que una institución copiaba y ordenaba documentos importantes relacionados con sus propiedades, privilegios, derechos y asuntos jurídicos.
No era exactamente un archivo lleno de documentos originales.
Era algo más práctico:
un volumen donde se reunían copias de escrituras que convenía tener localizadas.
Donaciones.
Privilegios reales.
Concesiones.
Propiedades.
Derechos.
Acuerdos.
Todo junto y, si era posible, bien ordenado.
Porque en la Edad Media recordar que un rey te había entregado unas tierras estaba muy bien.
Poder sacar el documento cuando alguien las discutía estaba bastante mejor.
Y aquí Compostela tiene algunos ejemplos extraordinarios.
Los Tumbos A, B y C de la Catedral son cartularios.
Libros que permiten seguir, casi página a página, cómo una pequeña iglesia levantada alrededor de un sepulcro terminó acumulando tierras, privilegios, autoridad y poder.
Dicho en limpio:
un cartulario era memoria.
Pero memoria preparada para defenderse.

Lo esencial en 60 segundos
• Un cartulario es una recopilación medieval de copias de documentos importantes.
• Normalmente reunía privilegios, donaciones, derechos, propiedades, acuerdos y concesiones.
• Los textos copiados podían ser mucho más antiguos que el propio cartulario.
• Su función era conservar la información, ordenarla y facilitar su consulta.
• Una copia dentro de un cartulario no debe confundirse automáticamente con el documento original.
• Iglesias, monasterios y otras instituciones los utilizaron para proteger su memoria jurídica y patrimonial.
• En la Catedral de Santiago se conservan varios ejemplos excepcionales.
• El Tumbo A reunió documentación regia vinculada a Compostela desde los primeros siglos del culto jacobeo.
• Los Tumbos B y C continuaron esa enorme tarea de organización documental.
• Gracias a estos libros conocemos hoy muchos aspectos del crecimiento político, económico e institucional de Santiago.
Una palabra que huele a archivo
Cartulario.
No es precisamente una palabra que haga correr a un peregrino hacia una librería.
No tiene la fuerza de “reliquia”.
Ni el misterio de “Traslatio”.
Ni permite hacerse una fotografía especialmente emocionante delante de ella.
Pero pocas palabras explican mejor una parte fundamental del Camino medieval:
los papeles.
Porque tendemos a imaginar el nacimiento de Compostela con una sucesión bastante cinematográfica:
aparece una tumba.
Llega un rey.
Se levanta una iglesia.
Empiezan a venir peregrinos.
Crece la ciudad.
Fin.
La realidad necesitó bastante más documentación.
Cada vez que un rey entregaba tierras a la Iglesia compostelana, concedía un privilegio, reconocía una propiedad o confirmaba un derecho, aquello generaba un documento.
Y esos documentos importaban.
Mucho.
No solo porque contaban lo que había ocurrido.
También porque podían demostrarlo.
Ahí entra el cartulario.
El problema de tener demasiados pergaminos
Imagina una institución medieval que lleva generaciones recibiendo propiedades, rentas, privilegios y concesiones.
Los documentos originales se acumulan.
Unos tienen décadas.
Otros siglos.
Algunos están deteriorados.
Otros escritos sobre pergaminos de tamaños diferentes.
Unos se encuentran perfectamente localizados.
Y probablemente alguno está justo donde alguien aseguró haberlo dejado.
Nada demasiado distinto de ciertas oficinas actuales, salvo por el wifi.
Pero existe un problema mayor.
Esos documentos justifican derechos reales.
Quién posee una finca.
Quién cobra una renta.
Quién controla un territorio.
Qué privilegio concedió un monarca.
Qué impuestos pueden exigirse.
Qué obligaciones tiene otra parte.
Perder un documento puede significar perder mucho más que un trozo de pergamino.
Así que alguien tiene una idea bastante sensata:
copiemos lo importante en un libro.
Y ordenémoslo.
Eso es, en esencia, un cartulario.
No es una colección de originales
Este matiz importa.
Cuando abrimos un cartulario medieval no debemos imaginar necesariamente que estamos viendo los documentos originales que salieron de una cancillería real siglos antes.
Lo habitual es encontrar copias.
Un escriba toma un documento existente y lo reproduce dentro del nuevo volumen.
Después copia otro.
Y otro.
Y otro.
Así, documentos que estaban dispersos quedan reunidos en una misma obra.
Eso ofrecía varias ventajas.
Se protegía la información frente al deterioro o pérdida del original.
Se podía consultar con más facilidad.
Se organizaba la memoria de la institución.
Y, sobre todo, se disponía de una herramienta mucho más útil cuando había que defender un derecho.
Porque un archivo tiene una función cultural.
Pero también puede tener una función bastante menos romántica:
ganar una discusión.
¿Cartulario, tumbo, códice... es lo mismo?
Aquí empiezan los pequeños líos de vocabulario.
“Códice” describe, de forma amplia, un libro manuscrito formado por hojas reunidas.
Un cartulario puede ser un códice.
Pero no todos los códices son cartularios.
El Códice Calixtino, por ejemplo, es un códice, pero no es un cartulario: reúne textos litúrgicos, narrativos, musicales y relacionados con la peregrinación, no una colección organizada de documentos jurídicos de una institución.
“Tumbo”, en cambio, es un nombre utilizado en distintos archivos peninsulares para determinados cartularios.
Por eso podemos decir:
el Tumbo A es un cartulario.
Pero “cartulario” explica qué tipo de libro es.
“Tumbo A” identifica ese libro concreto.
Pequeña diferencia.
Gran alivio para quien alguna vez haya intentado ordenar una biblioteca medieval.
El gran ejemplo compostelano: el Tumbo A
Si queremos entender para qué servía realmente un cartulario, el Tumbo A de la Catedral de Santiago es magnífico.
Su elaboración comenzó en 1129, durante el arzobispado de Diego Gelmírez.
La idea era recopilar y copiar documentación que acreditaba concesiones realizadas por los monarcas a la Iglesia compostelana desde los primeros tiempos del santuario.
Tierras.
Cotos.
Propiedades.
Fortalezas.
Privilegios.
Derechos.
No se trataba simplemente de conservar recuerdos de reyes generosos.
Aquellos documentos explicaban sobre qué bases había crecido el poder de Santiago.
El volumen fue ampliándose en distintas fases hasta el siglo XIII y terminó convirtiéndose además en una pieza extraordinaria por sus miniaturas de monarcas, reinas e infantas.
Pero debajo de las imágenes bonitas estaba la función seria:
demostrar.
Esto nos lo dieron.
Este derecho fue concedido.
Esta propiedad pertenece a la Iglesia.
Aquí está escrito.
Y si alguien quería discutirlo, al menos ya se sabía qué libro convenía sacar.
Los Tumbos B y C: cuando archivar también era gobernar
La necesidad no desapareció con el Tumbo A.
Siglos después, la Iglesia compostelana seguía generando, recibiendo y necesitando documentación.
En tiempos del arzobispo Berenguel de Landoira se desarrolló un nuevo gran esfuerzo para recopilar y organizar documentos.
El contexto no era precisamente tranquilo.
Había enfrentamientos por el control de Compostela y por el señorío de la ciudad.
Defender el poder no consistía únicamente en tener murallas, fortalezas o autoridad eclesiástica.
También había que demostrar por qué tenías determinados derechos.
El Tumbo B reunió principalmente documentación real y pontificia.
El Tumbo C incorporó otra documentación eclesiástica y privada.
Dos formas de reforzar la misma idea:
si el poder depende de derechos, conviene conservar las pruebas.
En el Tumbo B incluso aparecen notarios certificando que determinadas copias se correspondían con los originales.
Porque hasta en el siglo XIV alguien podía preguntar:
“Muy bonito el libro, pero ¿quién asegura que habéis copiado esto bien?”
La desconfianza documental tampoco la inventamos nosotros.
El cartulario como copia de seguridad medieval
La comparación es tentadora.
Y bastante útil.
Un cartulario funcionaba, en cierta medida, como una copia de seguridad.
Tienes documentos dispersos.
Algunos empiezan a deteriorarse.
Otros son esenciales.
Los reúnes.
Los copias.
Los ordenas.
Y construyes un sistema para poder encontrarlos.
No había nube.
No había servidor.
No había contraseña.
Había pergamino.
Y varios escribas con una paciencia bastante respetable.
La diferencia es que aquella copia de seguridad podía tardar años en completarse y pesaba lo suficiente como para desaconsejar llevársela a casa “para terminar unas cosas el fin de semana”.
Pero el cartulario también elegía qué recordar
Aquí aparece una capa más interesante.
Un cartulario no conserva automáticamente todo lo que alguna vez pasó.
Alguien selecciona.
Este documento entra.
Este otro no.
Este privilegio importa.
Esta donación debe copiarse.
Este derecho conviene colocarlo aquí.
Eso significa que el cartulario no es simplemente memoria.
Es memoria organizada.
Y toda memoria organizada cuenta una historia.
En el caso compostelano, los cartularios permiten seguir el crecimiento de una institución que necesitaba recordar constantemente de dónde procedían sus derechos.
Los documentos hablan de propiedades y privilegios.
Pero el conjunto también dice algo más:
Compostela fue creciendo.
Los reyes la favorecieron.
La Iglesia acumuló autoridad.
El santuario se convirtió en institución.
Y esa institución aprendió a documentarse.
La piedra enseña la grandeza.
El cartulario explica parte de cómo pudo sostenerse.
¿Podemos fiarnos de un cartulario?
Sí.
Pero con criterio.
Y aquí conviene no saltar del “es medieval” al “por tanto es verdad absoluta”.
Un cartulario contiene copias.
Los historiadores estudian esas copias atendiendo a numerosos elementos:
cómo fueron realizadas.
qué original pudo utilizarse.
cuándo se copió.
quién lo hizo.
si existen otras versiones.
si hubo modificaciones.
si el documento original se conserva.
si la cronología encaja.
si otros testimonios lo confirman.
Hay cartularios extraordinariamente fiables.
También pueden conservar copias de documentos problemáticos, interpolados o incluso falsificados.
El hecho de que algo esté copiado en un libro medieval demuestra que ese texto estaba allí.
No convierte automáticamente todo lo que afirma en verdad histórica indiscutible.
El pergamino admite tinta.
También admite intereses.
Por eso el archivo necesita algo más que admiración.
Necesita lectura.
Un documento falso también puede contar una verdad
Esta es una de las paradojas que más me gustan.
Imagina que dentro de un cartulario aparece un privilegio que posteriormente se demuestra falso.
¿El documento deja de interesar?
Todo lo contrario.
Quizá ya no sirva para demostrar que un rey concedió realmente algo en la fecha que afirma.
Pero puede servir para demostrar otra cosa:
que, en determinado momento, una institución necesitaba justificar ese derecho.
Que alguien consideró útil producir o conservar aquella versión.
Que existía un conflicto.
Que había intereses.
Que una historia tenía suficiente valor como para escribirla.
En historia, un documento falso puede mentir sobre el pasado y decir muchísimo sobre el momento en que fue creado.
Así que incluso cuando el pergamino levanta sospechas, el archivo sigue hablando.
¿Qué tiene esto que ver con el peregrino?
Más de lo que parece.
El peregrino actual suele encontrarse el Camino ya construido.
Una iglesia.
Un puente.
Un monasterio.
Una ciudad.
Un hospital antiguo.
Un nombre en un mapa.
Pero muchos de esos elementos no aparecieron de la nada.
Detrás había propiedades.
Donaciones.
Privilegios.
Derechos de paso.
Rentas.
Instituciones.
Protección regia.
Personas encargadas de administrar todo aquello.
Los cartularios ayudan a reconstruir esa maquinaria.
Gracias a ellos podemos entender cómo determinadas instituciones recibieron bienes, consolidaron territorio, reforzaron su posición y participaron en la construcción del mundo jacobeo.
No cuentan principalmente el Camino desde los pies del peregrino.
Lo cuentan desde la mesa donde alguien organizaba los papeles que permitían mantener buena parte de lo que el peregrino encontraba al caminar.
Y esa perspectiva cambia bastante la postal.
El Camino también se hizo escribiendo
Nos gusta decir que el Camino se construyó caminando.
Y es verdad.
Pero no basta.
También se construyó levantando puentes.
Fundando hospitales.
Protegiendo rutas.
Construyendo iglesias.
Creando mercados.
Moviendo dinero.
Concediendo tierras.
Y escribiendo.
Muchísimo.
Porque alguien podía donar una finca.
Pero después había que recordar que la había donado.
Un rey podía conceder un privilegio.
Pero cien años después convenía poder demostrarlo.
Una institución podía tener derechos.
Pero los derechos sin memoria documental tienden a ponerse bastante nerviosos cuando aparece un vecino con una versión diferente.
Ahí estaba el cartulario.
Esperando en el archivo.
Preguntas rápidas
¿Qué es exactamente un cartulario?
Un libro medieval que reúne copias de documentos importantes, normalmente relacionados con derechos, propiedades, privilegios, donaciones y asuntos jurídicos de una institución.
¿Contiene documentos originales?
Normalmente contiene transcripciones o copias. En algunos cartularios puede conservarse excepcionalmente algún original, pero esa no es su función principal.
¿Quién hacía cartularios?
Sobre todo instituciones que necesitaban conservar y organizar documentación: iglesias, monasterios, cabildos, instituciones civiles y otras entidades.
¿Un tumbo es un cartulario?
En muchos casos, sí. En los archivos hispánicos se utilizó el término “tumbo” para determinados libros de este tipo. Los Tumbos A, B y C de la Catedral de Santiago son grandes ejemplos de cartularios.
¿Por qué eran tan importantes?
Porque permitían conservar información y defender derechos cuya prueba podía depender de documentos con décadas o siglos de antigüedad.
¿Son fiables?
Son fuentes históricas fundamentales, pero deben estudiarse críticamente. Una copia medieval no equivale automáticamente al original ni garantiza que todo lo escrito sea históricamente cierto.
¿Por qué debería importarle esta palabra a un peregrino?
Porque ayuda a entender que el Camino no creció únicamente gracias a la fe de quienes caminaban. También necesitó instituciones, propiedades, privilegios, administración y memoria escrita.
JORGE M. SABIO
