Misterios del Camino · M12

El mapa que no marcaba Santiago

Los mapas tienen una forma muy educada de mentir.

No suelen inventar montañas donde no las hay ni colocar ríos atravesando plazas mayores. Eso sería demasiado fácil de detectar.

Mienten de otra manera.

Decidiendo qué merece aparecer.

Una iglesia sí.
Una fuente quizá.
Un puente, si es importante.
Una aldea, si todavía cabe el nombre.
Una curva, si el papel tiene paciencia.

Y lo que no entra se queda fuera, como si nunca hubiera existido.

La primera vez que vi aquel mapa pensé que le faltaba un trozo.

La segunda pensé que estaba mal dibujado.

La tercera vez ya no pensé nada.

Me limité a levantar la ceja.

Había llegado a un pueblo pequeño del Camino Francés después de una mañana especialmente generosa en lluvia, barro y desvíos provisionales. Las obras de una carretera habían obligado a mover las señales y alguien, con admirable sentido del humor, había colocado dos flechas amarillas apuntando en direcciones distintas.

Una parecía reciente.

La otra parecía más convencida.

Elegí la convencida.

Media hora después estaba frente a una nave agrícola, dos perros y un señor que me informó, sin necesidad de consulta cartográfica, de que Santiago no quedaba por allí.

—¿Y por dónde queda?

El hombre señaló hacia atrás.

—Por donde venía.

El Camino tiene muchas formas de enseñarte humildad. Algunas llevan bordón. Otras llevan gorra y están apoyadas en un tractor.

Regresé al pueblo empapado y entré en el primer sitio abierto que encontré.

No era un bar.

Esto ya debería haberme puesto en guardia.
 

Sobre la puerta había una placa de madera:

ARQUIVO LOCAL E PUNTO DE ACOLLIDA

Debajo, una flecha azul señalaba hacia dentro.

Aquella, al menos, parecía saber lo que hacía.

La estancia ocupaba la planta baja de una casa antigua. Había una mesa, dos estanterías con carpetas, fotografías de fiestas parroquiales, herramientas oxidadas y una vitrina con objetos que, en cualquier otra parte, habrían acabado en un cajón: una navaja, varias monedas, dos medallas religiosas, un sello de caucho, una llave enorme y una cuchara con más biografía que brillo.

Al fondo, detrás de un escritorio, una mujer leía el periódico.

Tendría unos setenta años, pelo gris recogido y gafas colgadas al cuello con un cordón rojo. Levantó la vista, me miró de arriba abajo y señaló el suelo.

—Ahí no.

Miré mis botas.

Un pequeño río de barro empezaba a avanzar hacia una caja de documentos.

—Perdón.

—El perdón seca poco. La fregona está detrás de la puerta.

Aquella mujer me cayó bien de inmediato.

Me llamo Jorge, pero durante los cinco minutos siguientes fui, sobre todo, un peregrino pasando la fregona.

Cuando terminé, ella dobló el periódico.

—¿Sella?

—También.

—¿Qué quiere decir “también”?

—Que iba buscando el Camino.

—Pues ha encontrado un archivo. A veces es peor.

Saqué la credencial.

La mujer abrió un cajón, tomó un sello pequeño y golpeó el cartón con una firmeza profesional.

Clac.

El dibujo representaba un puente de un solo arco y una estrella.

—¿Hay algún mapa de la zona? —pregunté—. Con las obras me he desviado.

Ella señaló una caja de madera junto a la pared.

—Mapas hay muchos. Lo que no sé es si alguno le servirá.

Dentro encontré folletos actuales, perfiles de etapas, planos municipales, publicidad de alojamientos y un mapa plastificado donde el Camino parecía una línea tan limpia que daba vergüenza haberme perdido.

Cuando iba a cogerlo, la mujer dijo:

—Ese no.

—¿No está actualizado?

—Está demasiado actualizado.

Se levantó con cierta dificultad, apartó el mapa plastificado y sacó una carpeta marrón del fondo de la caja.
 

La carpeta estaba cerrada con dos cintas de algodón. En la cubierta alguien había escrito a lápiz:

CAMIÑO VELLO. COPIA. NON EXPOR.

—¿No exponer? —pregunté.

—No exponer al sol —aclaró—. No es una orden religiosa.

Abrió la carpeta y colocó sobre la mesa una hoja gruesa, de color amarillento.

No era pergamino, aunque lo parecía. Probablemente papel de trapo, envejecido, con bordes irregulares y manchas de humedad. Las líneas estaban trazadas con tinta marrón y algunas anotaciones, más recientes, aparecían a lápiz.

—Es una reproducción —dijo—. El original no está aquí.

—¿Dónde está?

—Guardado.

—Eso ya lo suponía.

—Entonces vamos bien.

Me incliné sobre el mapa.

No tenía norte marcado. Ni escala. Ni una leyenda clara. El territorio aparecía como una especie de serpiente de tinta atravesada por nombres, puentes, cruces y pequeños dibujos.

Reconocí algunos lugares del Camino Francés.

Roncesvalles.
Pamplona.
Estella.
Nájera.
Burgos.
Carrión.
León.
Astorga.
Villafranca.
Portomarín.
Melide.

Los nombres no respetaban tamaños ni distancias. Algunas localidades aparecían enormes y otras, mucho más importantes hoy, apenas ocupaban una palabra encogida entre dos líneas.

Había ríos representados como cintas onduladas.

Hospitales marcados con una cama diminuta.

Puentes con un arco.

Fuentes con tres puntos.

Y, de vez en cuando, una pequeña mano dibujada en el margen.

—¿Qué significa la mano? —pregunté.

—No sabemos.

—¿Peligro?

—Podría ser.

—¿Ayuda?

—También.

—Eso amplía bastante el campo.

—Los símbolos antiguos tienen esa mala costumbre.

Seguí la línea con los ojos.

Pasaba por Arzúa.

Luego por Lavacolla.

Después aparecía una elevación pequeña, coronada por dos trazos que podían representar unas torres.

Monte do Gozo, pensé.

Y después…

Nada.

El papel continuaba.

La línea también.

Pero en el lugar donde debía aparecer Santiago no había nombre, dibujo, cruz, catedral ni estrella.

Solo un espacio vacío.

La ruta atravesaba aquel hueco y seguía hacia el oeste.

Al otro lado aparecían varios nombres costeros y, al final, una línea oscura que representaba el mar.

—Falta Santiago —dije.

La mujer volvió a sentarse.

—Eso dicen todos.

—¿Está borrado?

—Mírelo bien.

Me acerqué.

El papel parecía algo más claro en aquella zona, pero no estaba rasgado. Tampoco se apreciaban restos de tinta ni un hueco recortado.

Era un vacío limpio.

Demasiado limpio.

—¿Quién hizo el mapa?

—No se sabe.

—¿De cuándo es?

—Tampoco.

—¿Y el original?

—Guardado.

—Eso ya lo ha dicho.

—Y sigue siendo verdad.

Miré otra vez el espacio vacío.

—¿Por qué enseñan una copia si no saben nada?

—Porque sabemos que existe.

La respuesta me detuvo.

La mujer juntó las manos sobre el periódico.

—Apareció hace años entre los papeles de una casa que iban a derribar. Había cuentas del siglo XIX, recibos, escrituras, novenas y cartas de gente que pedía dinero. Lo habitual. El mapa estaba doblado dentro de la cubierta de un libro de misas.

—¿Del siglo XIX?

—El libro, sí. El mapa puede ser anterior. O posterior. O una copia de otro. La gente piensa que cuando un papel aparece dentro de un libro, ambos nacieron juntos. Como si los cajones respetaran la cronología.

—¿Lo estudió alguien?

—Vinieron dos.

—¿Y qué dijeron?

—Cosas distintas, que es para lo que suelen venir los expertos.

Uno pensaba que era un itinerario de peregrinación tardío. El otro, un mapa escolar o devocional realizado a partir de descripciones más antiguas.

Ninguno pudo explicar del todo la ausencia de Santiago.

—Quizá quedó sin terminar —sugerí.

—El mar está acabado.

—Quizá el nombre se perdió.

—No hay restos.

—Quizá quien lo hizo se olvidó.

La mujer me miró por encima de las gafas.

—Alguien dibuja medio continente, coloca fuentes, puentes, hospitales y hasta sitios donde conviene no beber agua… ¿y se olvida de Santiago?

Tenía razón.

Aunque admitir que una mujer con fregona y periódico tenía más lógica que tú antes de comer siempre resulta un poco incómodo.

—¿Y usted qué piensa?

—Yo no trabajo de pensar. Yo custodio.

—Eso suena a frase preparada.

—Llevo años esperando que alguien la pregunte bien.

Volví al mapa.

El hueco no era grande. Apenas unos centímetros. Pero cuanto más lo miraba, más parecía ocupar.

Era como una palabra tachada en mitad de una carta.

No necesitas leerla para saber que ahí pasó algo.

—Hay un hombre que puede explicarle más —dijo la mujer.

—¿Otro experto?

—Peor. Maestro jubilado.
 

Se llamaba Celso y vivía dos calles más arriba, en una casa con galería acristalada y una placa de cerámica donde ponía NON CHAMAR Á HORA DA SIESTA.

Eran las doce y media.

La mujer miró el reloj.

—Todavía está en zona segura.

Me dio una copia enrollada del mapa.

—Llévesela.

—¿Y si se moja?

—Es una fotocopia.

—Parece más importante.

—Eso le pasa a muchas copias.

Celso abrió la puerta antes de que llamara.

Era alto, delgado y llevaba una chaqueta de lana pese a que no hacía frío dentro de la casa. Tenía las manos manchadas de tinta azul y una lupa colgada del cuello.

—Viene del archivo —dijo.

—Sí.

—Entonces ya le ha contado Amalia lo que quiere que sepa.

—No me ha contado casi nada.

—Exacto.

Me hizo pasar a una habitación llena de libros, mapas escolares y cajas con etiquetas. En la pared había un mapa de Galicia tan antiguo que Portugal parecía haberse apartado un poco por prudencia.

Extendimos la copia sobre una mesa.

Celso no la miró enseguida.

Primero puso agua a calentar.

Luego escogió dos tazas.

Después abrió una lata de galletas.

El misterio, como el Camino, avanza peor con hambre.

—¿Qué ve? —preguntó al fin.

—Un mapa del Camino.

—Eso es lo que espera ver.

—Hay lugares del Camino.

—También hay lugares fuera de él.

—Una ruta hacia Santiago.

—¿Hacia?

Señaló el papel.

—La tinta no tiene flechas.

—Pero empieza en Francia y termina en Galicia.

—¿Empieza?

Me quedé callado.

Celso giró el mapa ciento ochenta grados.

Los nombres quedaron del revés, pero la línea empezó a leerse de otra manera.

Desde el espacio vacío del centro salían dos trazados.

Uno se dirigía hacia el este.

El otro hacia la costa.

—Los mapas modernos nos han acostumbrado a pensar que una ruta tiene una dirección fija —dijo—. Salida, llegada, kilómetros, perfil, fin. Pero un camino antiguo servía para ir… y para volver.

—Entonces ¿es un mapa de regreso?

—Podría ser.

—¿Desde Santiago?

—Podría ser.

—Pero Santiago no aparece.

—Precisamente.

Celso mojò una galleta en el café hasta poner en riesgo su estructura.

—Un mapa no siempre nombra el lugar desde el que se dibuja. Usted abre una aplicación y lo primero que aparece es un punto azul. “Usted está aquí”. No hace falta escribir el nombre de su salón cada vez que mira cómo ir al supermercado.

—¿Está diciendo que el mapa se dibujó en Santiago?

—Estoy diciendo que esa es una hipótesis menos absurda que el olvido.

—¿Y la línea hacia el mar?

—Quien llegaba a Compostela podía continuar hacia el oeste. O alguien podía querer representar dos salidas desde un mismo centro.

—Santiago sería el centro.

—Un centro sin nombre.

Celso sonrió.

—Los centros de poder tienen esa costumbre. A veces no necesitan presentarse.

Tomó una regla transparente y la colocó sobre varios puntos.

—Mire las distancias. No están a escala. Mire los hospitales. Algunos tienen más importancia que ciudades enteras. Mire los puentes. Están exagerados. Esto no pretende representar el territorio como lo haría un topógrafo.

—¿Entonces qué representa?

—Necesidades.

La palabra se quedó sobre la mesa.

Celso señaló los símbolos.

—Dónde dormir. Dónde cruzar. Dónde encontrar agua. Dónde pedir ayuda. Dónde venerar una reliquia. Dónde tener cuidado. El mapa no le dice al peregrino cómo es el mundo. Le dice qué parte del mundo le importa para no morirse, no perderse o cumplir su viaje.

—Y Santiago no le importa.

—O le importa tanto que no cabe en un símbolo.

Aquello me gustó.

Demasiado.

Y cuando una explicación gusta demasiado conviene sospechar un poco.

—Eso suena bonito —dije.

—Sí. Por eso probablemente no sea cierto.

Celso se levantó y buscó una carpeta en una estantería. Dentro había varias fotografías del documento original: luz frontal, luz lateral, detalles ampliados y una imagen tomada desde el reverso.

—Aquí empieza la parte incómoda.

Me mostró la zona vacía.

Con luz rasante se apreciaban unas líneas finísimas sobre el papel. No eran letras. Parecían arañazos o pliegues.

—¿Estaba escrito?

—No se ha detectado tinta.

—¿Raspado?

—La superficie está alterada, pero no de forma concluyente.

—Eso significa…

—Que no sabemos.

Celso parecía disfrutar diciéndolo.

Hay gente que colecciona certezas.

Los buenos archiveros suelen coleccionar dudas bien clasificadas.

—Uno de los técnicos pensó que el papel se había desgastado por contacto repetido —explicó—. Alguien pudo señalar muchas veces ese punto con el dedo.

—Hasta borrar Santiago.

—Es posible.

—Sería irónico.

—La historia tiene una retranca bastante fina cuando quiere.

Miles de dedos siguiendo el Camino sobre el mapa.

Todos acabando en el mismo lugar.

Todos tocando Santiago.

Hasta hacerlo desaparecer.

La imagen era demasiado perfecta.

Y por eso me gustaba todavía más.

—¿Qué pone detrás? —pregunté.

Celso me mostró la fotografía del reverso.

Aparecía una frase, escrita con una tinta diferente, casi pegada a uno de los pliegues.

No era muy antigua. O no parecía serlo.

Decía:

NON MARCAR O LUGAR DO QUE AÍNDA NON SAÍCHES.

No marques el lugar del que todavía no has salido.

—Eso sí parece una pista —dije.

—O una broma.

—¿De quién?

—De alguien que tuvo el mapa después.

—¿No es de la misma época?

—La tinta, la letra y la intención parecen distintas.

—Entonces no sirve.

Celso cerró la carpeta.

—Claro que sirve. Sirve para saber que alguien, antes que nosotros, también se hizo la misma pregunta.

Volvió a girar el mapa.

El hueco quedó otra vez donde debía estar Santiago.

—Esta frase convirtió una ausencia en misterio —dijo—. Antes solo había un mapa incompleto. Después de que alguien escribiera eso, empezamos a buscar una razón.

—¿Está diciendo que el misterio lo creó la anotación?

—Estoy diciendo que las historias necesitan muy poca ayuda para ponerse a caminar.

Me quedé mirando el papel.

—¿Y usted cuál de las explicaciones cree?

Celso levantó un dedo.

—Primera: el mapa quedó sin terminar.

Segundo dedo.

—Segunda: el nombre se perdió por desgaste.

Tercero.

—Tercera: Santiago no se escribió porque era el punto de partida.

Cuarto.

—Cuarta: alguien decidió borrarlo.

—¿Por qué?

—Eso sería otro relato.

Quinto dedo.

—Quinta: el mapa no representa una peregrinación hacia Santiago, sino otra cosa que todavía no hemos entendido.

Bajó la mano.

—El problema no es elegir una explicación. El problema es enamorarse de ella antes de tener pruebas.

Me acompañó hasta la puerta.

Antes de salir, volví a preguntarle por las pequeñas manos dibujadas en varios lugares.

—¿Peligro o ayuda?

—Quizá ambas cosas.

—Amalia dijo lo mismo.

—Llevamos cuarenta años discutiéndolo.

—¿Y no han llegado a ninguna conclusión?

—Sí.

—¿Cuál?

—Que llevamos cuarenta años mirándolo.
 

Regresé al archivo.

Amalia estaba en el mismo sitio, con el periódico abierto por otra página.

—¿Se lo explicó?

—Me explicó cinco cosas.

—Entonces estaba hablador.

Le devolví la copia.

—Dice que puede ser un mapa de vuelta.

—Celso lleva veinte años queriendo volver de algún sitio.

—También dice que Santiago pudo borrarse de tanto señalarlo.

Amalia asintió.

—Esa es la explicación que más gusta a los periodistas.

—¿Y a usted?

—A mí me gusta la que no sale en el periódico.

Esperé.

Ella dobló una esquina de la página.

—Mi abuelo vio el mapa antes de que lo guardaran. Decía que la línea no terminaba en el mar.

—Pero en la copia termina allí.

—En el anverso.

—¿Había algo detrás?

—Decía que al ponerlo contra la luz aparecía otra línea.

—¿Hacia dónde?

Amalia señaló vagamente hacia el este.

—De vuelta.

—¿A Francia?

—A una casa.

—¿Qué casa?

—No lo sabía.

—¿Y por qué no aparece en las fotografías?

—Porque mi abuelo también decía que podía predecir el tiempo con la rodilla izquierda.

—¿Y acertaba?

—Más que la televisión.

Sonrió por primera vez.

—No convierta todo lo que le contamos en documento.

—¿Y en qué lo convierto?

—En una buena pregunta.

La lluvia había aflojado.

Amalia me indicó el trazado correcto y salí de nuevo al Camino. Esta vez seguí las flechas recientes, aunque parecían menos seguras de sí mismas.

Durante la siguiente hora no pude dejar de pensar en el mapa.

En el espacio vacío.

En la frase del reverso.

En la posibilidad de que alguien hubiera dibujado el Camino no para llegar a Santiago, sino para marcharse de allí.

Hablamos mucho de la ida.

Del punto de partida.

De la primera etapa.

De la emoción de ver las torres.

De la llegada.

Hablamos bastante menos del regreso.

Y, sin embargo, todo peregrino medieval que no muriera, no ingresara en un monasterio o no decidiera instalarse junto a la tumba tenía que volver.

Deshacer el trayecto.

Buscar de nuevo hospitales, puentes, agua y caminos seguros.

Volver a cruzar los mismos lugares con otro cuerpo.

Con menos dinero.

Con más cansancio.

Y quizá con una pregunta diferente.

Para nosotros, Santiago suele estar al final de la página.

Para quien regresaba, estaba al principio.

Aquella noche dormí en un albergue pequeño.

Éramos siete peregrinos. Una pareja italiana, dos mujeres alemanas, un chico de Albacete, un hombre francés que llevaba tantas etapas que había dejado de contarlas y yo.

Después de cenar, extendimos varios mapas sobre la mesa.

Uno mostraba perfiles.

Otro servicios.

Otro variantes.

El italiano amplió una aplicación en el móvil y señaló Santiago.

—Tomorrow —dijo.

La palabra produjo un silencio breve.

Mañana.

Todos miramos el punto de la pantalla.

La meta.

El final.

La plaza.

El abrazo.

El certificado.

La foto.

Pensé en el mapa sin Santiago.

—¿Y después? —pregunté.

El chico de Albacete se encogió de hombros.

—Después, autobús.

Una de las alemanas dijo que seguiría hasta Fisterra.

El francés volvería a casa en avión.

La pareja italiana pasaría dos días en Compostela.

—¿Y tú? —me preguntaron.

No supe contestar.

Aquella noche soñé con mapas.

No con mapas antiguos, ni con pergaminos, ni con líneas que se movían solas. Eso habría sido demasiado cómodo.

Soñé con Google Maps.

Abría la aplicación y veía el Camino entero, perfectamente trazado. Cada albergue, cada bar, cada desnivel, cada reseña.

Pero Santiago no aparecía.

En su lugar había un mensaje:

CALCULAR RUTA DE REGRESO.
 

Me desperté antes del amanecer con el teléfono bajo la almohada y la sensación de que hasta mis sueños tenían demasiada interfaz.

Al día siguiente llegué a Monte do Gozo.

Las torres aparecieron a lo lejos.

No fue una visión medieval. Había edificios, carreteras, señales, gente hablando por teléfono y peregrinos intentando colocar el cuerpo para que la foto pareciera más solitaria.

Aun así, allí estaba Santiago.

Visible.

Real.

Imperfecto.

Saqué del bolsillo la fotografía que había hecho al mapa.

Lavacolla.
El monte.
El espacio vacío.

Levanté el papel frente al horizonte.

Las torres de la Catedral quedaron justo dentro del hueco.

No ocurrió nada extraordinario.

Ninguna campana sonó fuera de hora.

Ninguna tinta apareció.

Ningún anciano salió de la niebla para entregarme una llave.

Solo encajaron dos cosas:

el vacío del mapa

y la ciudad real.

Por un momento entendí algo sencillo.

Quizá aquel mapa no marcaba Santiago porque el dibujante sabía que, llegado ese punto, el papel ya no servía.

Un mapa puede llevarte hasta la puerta.

Pero no puede entrar por ti.

No puede decirte qué hacer cuando llegas.

No puede decidir si rezas, lloras, haces una foto, abrazas a alguien, recoges un diploma, sigues hacia el mar o te sientas en una esquina porque todavía no estás preparado para terminar.

El mapa sirve mientras hay camino que señalar.

Después, empieza otra cosa.

Bajé hacia Compostela.

Entré por las calles del Camino Francés, crucé la Porta do Camiño y seguí el flujo de peregrinos. En cada esquina había señales suficientes para no perderse y gente suficiente para perder la calma.

Cuando llegué al Obradoiro, no saqué el mapa.

Tampoco el móvil.

Me quedé quieto.

Un grupo gritó.

Alguien lloraba.

Una mujer se tumbó en el suelo.

Dos ciclistas discutían sobre dónde dejar las bicicletas.

Un hombre hizo una videollamada y giró el teléfono para enseñar la fachada.

La plaza estaba llena de llegadas distintas.

Y pensé en la frase:

No marques el lugar del que todavía no has salido.
 

Quizá no hablaba de geografía.

Quizá hablaba de otra cosa.

De esas ciudades a las que llegas físicamente antes de estar preparado para marcharte.

De los lugares que siguen contigo aunque ya estés en casa.

De los finales que tardan semanas, meses o años en comportarse como finales.

Pasé dos días en Santiago.

El tercero, antes de irme, volví a mirar la fotografía.

Amplié la zona del mar.

Entonces vi algo que no había notado en el archivo.

La línea no terminaba allí.

En el borde inferior del mapa, casi fuera del encuadre, aparecía una pequeña marca: un tejado sencillo con una puerta.

No una iglesia.

No una catedral.

No una tumba.

Una casa.

Puede que fuese una posada.

Un hospital.

Una granja.

O una simple decoración.

No lo sé.

Pero desde entonces me gusta pensar que aquel mapa no estaba diseñado para llevar a alguien hasta Santiago.

Estaba diseñado para llevarlo de vuelta.

Y que por eso Compostela no aparecía.

Porque Santiago no era el destino.

Era el lugar donde el peregrino daba la vuelta y empezaba a descubrir si era capaz de regresar siendo el mismo.

Guardé el teléfono.

Salí de la plaza.

Y por primera vez en muchos días no busqué ninguna flecha.

JORGE M. SABIO


Sabías que…

La imagen de un peregrino medieval caminando con un mapa preciso, etapas calculadas y el trazado completo doblado en el bolsillo tiene más de moderna que de medieval.

Quienes peregrinaban hacia Santiago podían orientarse mediante indicaciones orales, caminos ya transitados, hospitales, puentes, santuarios, mercados, cruces y rutas utilizadas por comerciantes, viajeros y habitantes del territorio. El Camino no era una línea amarilla continua sobre el paisaje. Era una red viva que cambiaba según las estaciones, la seguridad, el estado de los pasos y los lugares donde resultaba posible recibir ayuda.

El Libro V del Liber Sancti Iacobi, integrado en el Códice Calixtino, es conocido como la gran Guía del Peregrino medieval. Pero no funciona como un mapa moderno. Describe jornadas, localidades, ríos, santuarios, pueblos, peligros, alimentos y lugares que el viajero debía conocer. Es más itinerario escrito que plano desplegable.

También conviene recordar algo importante:

durante siglos no existió un único trazado inmóvil del Camino.

Había rutas principales, variantes, desvíos y tramos que podían modificarse. Un puente nuevo, un hospital, una guerra, una crecida o un santuario importante podían cambiar la forma de viajar.

La señalización que hoy consideramos inseparable del Camino es mucho más reciente. La flecha amarilla se consolidó especialmente durante la recuperación contemporánea de la ruta, a partir de los años ochenta del siglo XX, gracias al trabajo de Elías Valiña y otros voluntarios.

Antes, llegar dependía menos de seguir un símbolo repetido y más de preguntar.

Y luego estaba el regreso.

Los peregrinos medievales no desaparecían al llegar a Compostela. Muchos debían volver a sus lugares de origen recorriendo de nuevo cientos o miles de kilómetros. El Camino también se hacía en sentido contrario, aunque esa parte ocupe bastante menos espacio en nuestra imaginación.

Por eso un mapa que no marcara Santiago no tendría por qué ser inútil.

Podría ser un mapa incompleto.

Un mapa de ida.

Un mapa de vuelta.

O simplemente un recordatorio bastante incómodo:

que ningún mapa puede explicarte del todo qué ocurre después de llegar.

 

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