Misterios del Camino · M13
El peregrino que veraneaba en Fisterra
La primera vez que me hablaron de él pensé que estaban exagerando.
En Fisterra eso ocurre con facilidad.
Pones un faro, un océano que parece no terminar nunca, niebla entrando por el cabo y unos cuantos siglos de peregrinos mirando hacia poniente… y cualquier hombre sentado frente al mar acaba adquiriendo biografía.
Pero aquel hombre tenía una cosa a su favor:
volvía.
Todos los veranos.
La misma semana de agosto.
La misma mochila.
La misma ropa de peregrino.
Y, según quienes llevaban años viéndolo, casi la misma cara.
No era exactamente un turista fiel.
Tampoco un peregrino de paso.
En el pueblo lo llamaban, con esa precisión gallega que no necesita demasiadas explicaciones, “o peregrino do verán”.
El peregrino del verano.
Me lo contó una mujer que atendía una pequeña pensión cerca del puerto.
Habíamos empezado hablando de otra cosa. Del calor, creo. O de la cantidad de gente que llegaba aquel agosto. En verano las conversaciones en Fisterra suelen empezar por el tiempo y terminar en el mar.
—¿Ves aquel? —me dijo de pronto.
Señaló hacia el final de la calle.
Un hombre caminaba despacio, con una mochila de lona oscura y una concha atada a uno de los tirantes. Camisa gris de manga larga, pantalón marrón, botas viejas. Nada especialmente extraño, salvo que hacía calor suficiente para que cualquiera con sentido común hubiese cambiado las botas por sandalias hacía horas.
—¿Qué pasa con él?
—Que ya llegó.
—Ya veo.
—No, no ves.
La mujer sonrió.
—Llegó este año.
Tardé un segundo.
—¿Viene todos los años?
—Todos los agostos desde que yo me acuerdo de fijarme. Y yo me fijo bastante.
Eso último era verdad. Tenía esa capacidad de algunas personas que trabajan de cara al público: podían saber quién había pedido una habitación, quién mentía sobre cuántas noches pensaba quedarse y quién había salido del desayuno con dos yogures dentro de la mochila sin necesidad de levantar la voz.
—¿Hace el Camino cada año?
—Eso nadie lo sabe.
—¿Y dónde duerme?
—Aquí algunas veces. Otras no. Nunca reserva.
—Muy práctico para agosto.
—Siempre aparece una cama.
La frase me hizo levantar la ceja.
—¿Y qué hace?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada de veraneante, quiero decir. No toma el sol. No va de terrazas. No sale en barco. No se baña. No compra recuerdos. No pregunta dónde se come mejor. Llega, va a la iglesia, después al mar, y así pasa los días.
—Eso suena más a retiro que a vacaciones.
—Pues lleva muchos retiros.
Miré otra vez hacia la calle.
El hombre ya había desaparecido cuesta arriba, en dirección a Santa María das Areas y al faro.
—¿Cuántos años?
La mujer se quedó pensando.
—Desde el último Año Santo, seguro.
Y añadió, bajando ligeramente la voz:
—Por eso este año quiero ver qué hace.
Santa María das Areas está colocada en uno de esos puntos donde el Camino parece dudar si ha terminado o simplemente está cambiando de paisaje.
Has dejado atrás Santiago.
Has seguido caminando hacia occidente.
Has llegado a Fisterra.
Y cuando todavía te quedan unos kilómetros de subida hacia el faro, aparece la iglesia en la falda del monte, mirando de reojo al Atlántico.
No necesita hacer demasiado ruido.
Tiene piedra suficiente.
El templo hunde sus raíces en la Edad Media y fue creciendo por capas, como crecen casi todos los lugares que han sobrevivido a generaciones de gente rezando, reformando, enterrando, agradeciendo y pagando obras. Románico, gótico, añadidos posteriores, capillas, sepulturas, imágenes.
Y una puerta lateral que no siempre está abierta.
Aquella mañana seguí al hombre a distancia prudente.
No porque estuviera investigando nada, me dije.
Solo caminábamos en la misma dirección.
Eso es lo que uno se cuenta cuando empieza a investigar algo.
Llegó a la iglesia sin detenerse.
No hizo una foto.
No miró el móvil.
No buscó un sello.
Se quitó la mochila, la sostuvo un momento con una mano y entró por el acceso habitual.
Yo esperé fuera.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Algunos peregrinos subían hacia el cabo con ese paso extraño del que ha terminado el Camino pero todavía tiene tres kilómetros pendientes porque alguien decidió colocar el faro más arriba.
Otros bajaban ya con la satisfacción de quien ha conseguido la fotografía que faltaba.
El hombre seguía dentro.
Cuando salió, no retomó inmediatamente la carretera.
Rodeó el templo.
Se detuvo ante la puerta lateral.
La Puerta Santa.
No intentó abrirla.
Ni siquiera tocó la madera.
Se limitó a mirarla durante unos segundos.
Después volvió a colocarse la mochila y siguió caminando hacia el cabo.
Aquello podría haber sido cualquier cosa.
Curiosidad.
Devoción.
Costumbre.
Pero cuando sabes que alguien repite el mismo gesto cada verano, las cosas pequeñas empiezan a pesar más.
No fue al faro.
Al menos, no ese día.
En lugar de continuar hasta el extremo del cabo, tomó uno de los caminos que permiten asomarse al lado más abierto del Atlántico y acabó bajando hacia Mar de Fóra.
El nombre ya avisa.
Mar de fuera.
No la ría.
No el agua protegida.
El océano de frente.
Es una playa hermosa y poco dada a las confianzas. Viento, oleaje fuerte, corrientes y esa sensación de que el paisaje está bien sin ti y podría seguir estándolo perfectamente.
El hombre no se acercó al agua.
Se sentó sobre una zona alta, donde la arena empieza a mezclarse con vegetación y piedra, dejó la mochila a su lado y miró hacia el oeste.
Eso fue todo.
Una hora.
Dos.
Yo no me quedé tanto.
A diferencia de él, tengo cierta dificultad para mirar el mismo horizonte durante dos horas sin empezar a preguntarme por qué otro puede hacerlo.
Volví al pueblo.
—Mar de Fóra —me dijo la mujer de la pensión antes de que yo terminara la frase.
—Sí.
—Siempre.
—¿En el mismo sitio?
—Más o menos.
—¿Y cuánto tiempo?
—Depende del día. Si hay niebla, menos. Si el cielo abre, puede quedarse hasta casi la puesta de sol.
—¿Habla con alguien?
—Poco.
—¿Cómo se llama?
Ella levantó los hombros.
—Una vez puso Manuel en el registro.
—¿Y el apellido?
—Con letra de médico.
—Gran sistema de seguridad.
—Si quieres, el año que viene le pedimos también una muestra de ADN.
Ahí terminó el interrogatorio.
Pero aquella noche me quedé pensando en una cosa.
No en el mar.
En la puerta.
Dos días después me lo encontré cerca del faro.
Esta vez sí había subido.
Estaba apartado del grupo principal de visitantes, sentado sobre una piedra, con la mochila entre las piernas. A esa hora el cabo parecía una estación de llegadas: peregrinos abrazándose, móviles levantados, gente buscando el mojón, coches entrando y saliendo, parejas calculando dónde ponerse para que el sol quedase detrás.
Él miraba al mar.
Me acerqué sin demasiada estrategia.
—Buen Camino.
Giró la cabeza.
Tendría más de sesenta años. Quizá setenta. Pelo muy corto, gris, piel curtida y unos ojos claros que parecían llevar demasiado rato enfocando lejos.
—Buen Camino —respondió.
—¿Has llegado hoy?
—Hace dos días.
—¿Desde Santiago?
Una pausa.
—Desde más atrás.
No aclaró cuánto más.
Me senté a cierta distancia.
—Me han dicho que vienes todos los veranos.
Esta vez me miró de verdad.
No parecía molesto.
Más bien resignado.
—En los pueblos se sabe todo.
—Y lo que no, se completa.
Sonrió por primera vez.
—Eso también.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
—¿Por qué agosto? —pregunté.
—Porque fue en agosto.
Esperé.
Nada.
—¿Qué fue en agosto?
Volvió la vista al mar.
—Lo que tenía que ser.
No insistí.
Hay preguntas que, si las empujas demasiado pronto, se convierten en puertas cerradas.
Pasaron varios minutos.
Después señaló con la barbilla hacia el pueblo.
—¿Has estado en Santa María?
—Sí.
—¿Has visto la puerta lateral?
—La Puerta Santa.
Asintió.
—Este año sigue cerrada.
—Claro. No es Año Santo.
Se quedó callado.
Yo hice la pregunta sin pensar demasiado:
—¿Esperas a que la abran?
El hombre giró lentamente hacia mí.
—Sí.
Aquella respuesta fue tan directa que durante un segundo no supe qué hacer con ella.
—¿Desde hace cuánto?
—Lo suficiente.
—Sabes cuándo será el próximo Año Santo.
—Sí.
—Entonces no necesitas venir cada verano para comprobarlo.
Sonrió de nuevo, pero esta vez sin alegría.
—No vengo a comprobarlo.
—¿Entonces?
Miró el horizonte.
—Vengo a esperar.
Y ahí se acabó la conversación.
Volví a preguntar por él.
No demasiado.
Lo suficiente.
Un camarero lo recordaba porque pedía siempre café solo y tostada sin tomate.
Una mujer que vendía prensa decía que compraba el periódico algunos días, pero nunca revistas.
Un hombre mayor aseguraba haberlo visto caminar varias veces hasta la iglesia antes de que amaneciera del todo.
Nadie sabía de dónde venía.
Nadie sabía a qué se dedicaba.
Nadie recordaba haberlo visto acompañado.
Pero todos coincidían en tres detalles.
Llegaba en agosto.
Visitaba Santa María das Areas el primer día.
Y volvía a entrar en la iglesia antes de marcharse.
Entre una visita y otra pasaba horas frente al mar.
A veces en Mar de Fóra.
A veces cerca del faro.
Siempre solo.
La mujer de la pensión añadió otra pieza.
—El primer año que vino me preguntó cuándo volvían a abrir la Puerta Santa.
—¿Y qué le dijiste?
—Que en el siguiente Año Santo.
—¿Y desde entonces vuelve cada verano?
—Sí.
—Eso no tiene demasiado sentido.
—Tú escribes sobre el Camino y todavía esperas que la gente tenga sentido.
Punto para ella.
—¿Cuántos años han pasado?
Hizo cuentas con los dedos.
—Once, cuando llegue el próximo.
Once.
La cifra encajó.
El calendario de los Años Santos compostelanos tiene una peculiaridad que a veces sorprende: no se repiten cada número fijo de años. Siguen un ciclo de seis, cinco, seis y once, porque dependen de cuándo el 25 de julio cae en domingo.
Once años pueden ser una vida pequeña.
Un niño aprende a leer y entra en el instituto.
Una pareja puede conocerse, casarse y separarse.
Un padre puede volverse abuelo.
Una mochila nueva puede convertirse en esa cosa descolorida que ya nadie se atreve a lavar.
Y un hombre puede regresar once veranos al mismo lugar para esperar que una puerta vuelva a abrirse.
La pregunta era por qué.
Volví a Fisterra aquel verano.
No voy a fingir que fue casualidad.
Quería saber si él también volvería.
El pueblo estaba lleno.
Agosto hacía lo suyo.
Peregrinos, turistas, coches, terrazas, mochilas, chanclas, gente buscando sombra y gente buscando el fin del mundo con cobertura.
Pregunté en la pensión.
La mujer ni siquiera me dejó terminar.
—Llegó ayer.
—¿La misma ropa?
—La misma o tiene un armario entero dedicado al personaje.
—¿La mochila?
—La misma.
—¿Ha ido a la iglesia?
—Esta mañana.
Subí hacia Santa María das Areas.
La Puerta Santa estaba abierta.
Después de haberla visto cerrada, cambia mucho.
Una puerta cerrada forma parte del muro.
Una puerta abierta propone una dirección.
Los peregrinos entraban por ella con ritmos distintos. Algunos sabían perfectamente qué significaba. Otros seguían al grupo. Algunos se detenían. Otros cruzaban mientras miraban alrededor, como intentando no perderse nada.
Él estaba fuera.
A unos metros.
Quieto.
No llevaba la mochila puesta. La sostenía por el asa superior, como si pesara más de lo habitual.
Me acerqué.
—Has esperado bastante.
No se sorprendió al verme.
—Sí.
—¿Vas a entrar?
Miró la puerta.
—Para eso vine.
—Llevas viniendo once años.
Negó suavemente.
—Llevo viniendo mucho más.
La frase me desconcertó.
Antes de que pudiera preguntarle, abrió uno de los bolsillos de la mochila.
Sacó una fotografía.
Solo vi el reverso.
Papel antiguo, bordes gastados, una fecha escrita a bolígrafo azul.
Agosto.
Y un año que correspondía al anterior Año Santo.
El hombre sostuvo la foto entre los dedos durante unos segundos.
—¿Quién es? —pregunté.
No la giró.
—Alguien que tenía que entrar conmigo.
Nada más.
Podía haber sido su mujer.
Una hermana.
Un amigo.
Un hijo.
No pregunté.
Esta vez entendí que hacerlo habría empequeñecido la escena.
Guardó la fotografía en el bolsillo de la camisa.
Se colocó la mochila.
Y caminó hacia la puerta.
No ocurrió nada extraordinario.
Eso es importante.
No sonaron campanas en el momento exacto.
No se levantó viento de repente.
No apareció una luz sobre el mar.
Simplemente un hombre cruzó una puerta.
Una puerta de piedra y madera utilizada en los actos del Año Santo en una iglesia que lleva siglos viendo pasar peregrinos hacia el extremo occidental del Camino.
Entró despacio.
Yo no lo seguí inmediatamente.
Me quedé fuera.
Hay momentos que no mejoran porque alguien los observe más de cerca.
Pasaron unos minutos.
Entré después.
El interior estaba fresco. Ese cambio de temperatura que tienen las iglesias antiguas en agosto parece casi una declaración de independencia frente al verano.
Vi al hombre sentado.
No estaba ante la Puerta Santa.
Miraba hacia el Santo Cristo de Fisterra.
Tenía las manos abiertas sobre las rodillas.
La fotografía descansaba entre ellas.
No lloraba.
No rezaba de una manera que yo pudiera reconocer.
Solo estaba allí.
Pensé en todos los peregrinos que durante siglos habían prolongado el viaje más allá de Santiago para llegar a estas tierras, venerar al Cristo y ver el océano.
Para muchos, aquel mar debía de ser algo difícil de imaginar antes de tenerlo delante.
El final de la tierra.
El final de una ruta.
O quizá un lugar donde entender que los finales son una manía cartográfica.
El hombre permaneció sentado mucho tiempo.
Luego guardó la fotografía.
Se levantó.
Y salió.
No volvió a mirar la Puerta Santa.
- La última tarde
Lo seguí hasta Mar de Fóra.
Esta vez sí sabía que lo estaba siguiendo.
Y sospecho que él también.
El viento soplaba fuerte. Había poca gente. La playa estaba hermosa de esa manera ligeramente hostil que tienen algunos lugares cuando no necesitan gustarte.
Se sentó en su sitio habitual.
Yo me quedé más atrás.
Durante casi una hora no ocurrió nada.
Después levantó la mano y me hizo un gesto.
Me acerqué.
—Ya está —dijo.
—¿Qué está?
—Lo que tenía que hacer.
Me senté.
—¿Y ahora?
Se encogió de hombros.
—Ahora me voy.
—¿Hasta el verano que viene?
Por primera vez desde que lo conocía soltó una risa completa.
No fuerte.
Pero sí limpia.
—No.
La respuesta me dejó una sensación extraña.
—¿No vuelves?
—No necesito volver.
—Has venido once años para cruzar una puerta.
Miró el mar.
—No.
Esperé.
—He venido once años para llegar hasta hoy.
Otra pausa.
—La puerta solo me ha avisado de que hoy era hoy.
Eso sonaba demasiado bien para que yo pudiera dejarlo escapar.
—¿Y la persona de la fotografía?
Esta vez no se molestó.
Sacó la foto.
La miró él, no yo.
—Prometimos volver.
—¿Juntos?
Asintió.
—Pero no pudo.
No dijo “murió”.
No hizo falta.
El viento dobló una esquina de la fotografía.
—Podías haber venido directamente este Año Santo —dije—. Sin regresar cada agosto.
—Podía.
—Entonces, ¿por qué volvías?
Guardó la foto con cuidado.
—Porque las promesas también se entrenan.
Me quedé callado.
Él continuó:
—El primer año vine porque no sabía qué hacer con agosto. El segundo, porque ya había venido el primero. Después entendí que no estaba esperando a que abrieran una puerta.
Miró hacia el horizonte.
—Estaba aprendiendo a llegar solo.
Ahí terminó el misterio para mí.
O casi.
Porque todavía faltaba una cosa.
A la mañana siguiente el hombre se marchó de Fisterra.
La mujer de la pensión encontró la llave de la habitación sobre el mostrador.
Había pagado la noche anterior.
La cama estaba hecha.
No dejó ropa.
No dejó notas.
No dejó la mochila.
Nada que justificara llamar a nadie.
Simplemente se fue.
Un vecino dijo haberlo visto caminando temprano hacia la parada del autobús.
Otro juraba que había subido hacia el faro.
Un tercero aseguraba haberlo cruzado en la carretera con dirección contraria.
En los pueblos pequeños, cuando alguien desaparece sin desaparecer de verdad, cada testigo fabrica una salida distinta.
Yo no intenté averiguar cuál era correcta.
Esperé.
Llegó agosto del año siguiente.
La mujer de la pensión me escribió un mensaje.
Solo decía:
“No vino.”
Al siguiente agosto tampoco.
Ni al otro.
Pregunté una vez más, años después.
Nada.
El hombre que había pasado tantos veranos en Fisterra dejó de formar parte del paisaje exactamente después de cruzar la puerta que llevaba años esperando.
No sabemos dónde vivía.
No sabemos cuánto más caminó.
No sabemos quién era la persona de la fotografía.
Y, sobre todo, no sabemos si alguna vez volvió a mirar el mar desde otro sitio.
Pero sí sabemos algo.
Durante once veranos, un hombre repitió una rutina que parecía absurda para cualquiera que la mirase desde fuera.
Llegaba.
Visitaba Santa María das Areas.
Miraba una puerta cerrada.
Pasaba días frente al Atlántico.
Volvía a la iglesia.
Y se marchaba.
Hasta que la puerta abrió.
Entonces entró.
Salió.
Miró el mar una última tarde.
Y dejó de regresar.
He vuelto varias veces a Fisterra desde entonces.
Y siempre que paso junto a Santa María das Areas miro la Puerta Santa.
No porque espere verlo.
Tampoco porque crea que aquella puerta tuviera ningún poder especial sobre él.
Las puertas no hacen milagros por mecanismo.
Cruzar madera y piedra no borra automáticamente una vida, ni resuelve un duelo, ni convierte una promesa en algo cumplido por arte de arquitectura.
Pero las personas necesitamos gestos.
Fechas.
Lugares.
Umbrales.
Algo que nos permita decir:
hasta aquí esperé.
A partir de aquí sigo.
Quizá por eso el Camino está lleno de puertas.
Entramos en iglesias.
Salimos de ciudades.
Cruzamos puentes.
Atravesamos montes.
Llegamos a Santiago.
Y algunos todavía siguen hasta Fisterra porque ni siquiera una catedral consigue convencerlos de que todo ha terminado.
El peregrino del verano parecía uno de ellos.
Solo que él no caminaba hacia una meta.
Caminaba hacia una fecha.
Durante años pensé que volvía a Fisterra porque esperaba que abrieran la Puerta Santa.
Ahora creo que era al revés.
La puerta llevaba años esperando a que él estuviera preparado para cruzarla.
Y cuando por fin lo hizo, no desapareció.
Simplemente dejó de necesitar volver.
A veces, peregrino inquieto, el misterio no es saber adónde se fue alguien.
Es entender por qué necesitó regresar tantas veces antes de poder marcharse.
JORGE M. SABIO
Sabías que…
Santa María das Areas no es un decorado literario. La iglesia se levanta en la salida de Fisterra hacia el cabo, en la falda del monte, y su historia está profundamente ligada a los peregrinos que decidían continuar más allá de Santiago.
Su existencia aparece documentada ya a finales del siglo XII. El edificio actual conserva elementos románicos y fue ampliándose durante los siglos siguientes con capillas y soluciones góticas, renacentistas y barrocas. Como tantos templos del Camino, no pertenece a un solo momento: es una acumulación de siglos.
En su interior se venera el Santo Cristo de Fisterra, una de las grandes devociones históricas de la villa. Durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna fueron tantos los peregrinos que llegaban hasta aquí después de Compostela que acabó existiendo frente a la iglesia un hospital destinado a atenderlos. Su fundación se sitúa en 1479.
Y sí: Santa María das Areas tiene una Puerta Santa.
Es una puerta lateral del templo, decorada con motivos vegetales y flanqueada por escudos, que se utiliza como acceso en los actos de los Años Santos. Para quien prolonga el Camino hasta el Atlántico, suele presentarse como la última Puerta Santa del recorrido jacobeo.
Conviene, eso sí, separar símbolo y trámite celestial: atravesar una Puerta Santa no funciona como una máquina automática de perdón. El sentido jubilar es mucho más amplio y está ligado a las condiciones religiosas propias del Año Santo. La puerta es, sobre todo, un umbral visible de esa idea de perdonanza, renovación y comienzo.
También es real Mar de Fóra, la playa abierta al Atlántico que aparece en el relato. Es un arenal aislado, ventoso y de fuerte oleaje, hermoso precisamente porque el océano allí no parece especialmente preocupado por resultar cómodo. Sus corrientes aconsejan bastante más contemplación que heroicidad acuática.
Y otra cosa importante:
el peregrino de esta historia es ficción.
La iglesia es real.
La Puerta Santa es real.
La tradición de continuar desde Santiago hasta Fisterra es real.
El viejo hospital de peregrinos fue real.
El Cristo, el cabo, Mar de Fóra y los Años Santos también.
El hombre de la mochila, su fotografía y sus once veranos pertenecen al territorio del relato.
Aunque, conociendo el Camino, tampoco pondría la mano en el fuego por que nadie haya esperado alguna vez muchos años delante de una puerta cerrada.
